Cultura

La dama que viajaba

  • La Línea del Horizonte Ediciones reúne en una antología varias piezas de temática viajera de la errabunda autora de 'La edad de la inocencia'

Conocíamos las andanzas viajeras de Edith Wharton en algunos libros del ramo que hemos leído con placer y sedentarismo cómplice. La editorial Impedimenta publicó Francia combatiente, que recoge en clave reporteril la visita que la Wharton llevó a cabo en un aeroplano sobre el purulento frente de batalla francés, de Dunkerque a Belfort (la Cruz Roja le encargó en 1915 un informe sobre los hospitales de campaña, origen de los artículos que luego enviaría para Scribner's Magazine).

Más reciente es la edición en Pre-Textos de En Marruecos, libro publicado en 1920 y que cuenta el periplo que la viajera realizó también en plena Primera Guerra Mundial (1917), pero esta vez por las marronáceas soledades del norte de África. Desde hacía años Warthon se había instalado en París, divorciada ya de Teddy, su infiel y anodino marido. La Gran Guerra estaba laminando el mundo europeo de la Wharton. En 1916, un año antes de girar al sur, en pos del gran Atlas, muere de un derrame cerebral Henry James, su gran amigo, su confidente literario. El año en el que se publica En Marruecos aparece también la novela que la consagró para los anales: La edad de la inocencia.

La antología en la que ahora nos fijamos reúne varias piezas de temática viajera extraídas en mayor parte de los libros inspirados por la dama errante. Wharton escribió cuatro libros de viajes: Crucero en el Vanadis (1888), Ambientes italianos (1905), Viaje por Francia en cuatro ruedas (1908) y el ya citado En Marruecos (1920). El volumen, en edición de Teresa Gómez Reus, añade un diario español y otros textos que, en teoría, iban a integrar un libro que jamás acabaría en las prensas (Viaje por España en cuatro ruedas). Neoyorkina de cuna a su pesar, Edith Wharton visitó España desde los cuatro años y la recorrió entonces a bordo de diligencias camineras.

El lector versado en su obra de ficción debe conocer algunos apuntes previos sobre este otro legado de índole errabundo. Para la autora viajar era un purgante vital. El viaje le abría espacios exteriores frente al espesor de los ámbitos interiores que, paradójicamente, tan bien supo describir en sus obras como reflejo del carácter de sus moradores. La alta sociedad de Nueva York la oprimía y marchó a Europa en busca de ventilación.

A la Wharton se la tildó de rica con veleidades literarias. Sea como fuere, el pálpito viajero se apoderó de su devenir en sus numerosas estadías por Europa (desde 1907 se había afincado en París y participaba de los brillantes cenáculos en el Faubourg). Sus apuntes de viajes los concibe siempre fuera de los caminos trillados. A menudo describe los paisajes a través del ascua prodigiosa (en la Toscana "la luz tenía la misma densidad de un pétalo de oro: parecía que estábamos atravesando un paisaje de misal"). Hizo uso del automóvil, un invento aclamado por las vanguardias y que a ella le permitió conocer ciudades y regiones por sus más sorprendentes recodos.

En su singladura por el Mediterráneo oriental, el crucero Vanadis la lleva en 1888 a conocer Argel, Túnez, Malta, Quíos y la colorista pero peligrosa Esmirna, ya en Turquía. Bordea luego el Monte Athos en un yate, mientras contempla los roquedales, los nidos monásticos, el grave medievalismo que desprende la Montaña Sagrada para la prédica ortodoxa. Obviamente, al ser mujer, no puede poner pie en el Athos (cuenta que hasta las gallinas tienen prohibida la entrada y por eso los huevos los traen a los monjes y eremitas desde la cercana isla de Lemnos).

De Estampas italianas se agavillan aquí los textos que la autora escribió en 1903 para Century Magazine, dedicados a villas y jardines campestres del Renacimiento y el Barroco italianos. La diletancia de la autora no abruma jamás. Lo mismo ocurre en su Viaje a Francia en cuatro ruedas, del que el volumen extrae, entre otros textos, sus visitas a las álgidas muestras del gótico francés (catedrales de Reims, de Ruán). De En Marruecos la autora ensalza la dramática inmensidad de las arenas, las ciudadelas fortificadas del Atlas, mientras que de cuando en cuando la lámina azulina del Atlántico asoma como oceánica señal de promisión. La crítica social aflora cuando visita algún que otro harén y percibe la opresión cultural que el hombre ejerce sobre la mujer, desde el gran sultán y el cadí de Marrakech al típico señorete fondón.

Y España, por último. Hay partes que recuerdan el anarquismo estetizante que apreciara el escritor y también neoyorkino John Dos Passos en su célebre periplo español de primeros del XX: Rocinante vuelve al camino. Del viaje de la Wharton (1925-1930) se recoge aquí el modelado de aquella España honda, trazada con recio buril. Ciudad tras ciudad, la ruta va trazando como una hebra de añosas heráldicas prendidas en el yunque del tiempo. Tan pronto quedan atrás los Pirineos, el paisaje español refulge bajo el sol canicular y la católica muselina del incienso. En Santiago, frente al Pórtico de la Gloria, escribe la singular peregrina: "Puesta de sol en el Pórtico. El mismísimo Hermes palidece después de esto".

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