Cultura

La diferencia entre el texto y la palabra

En uno de los magistrales diálogos del Calígula de Albert Camus, el emperador pregunta a Quereas si cree que dos hombres de igual condición serían capaces de hablar con el corazón en la mano. El Humo de Juan Carlos Rubio plantea la misma incógnita en el inestable terreno de las relaciones sentimentales, aunque su intención, explícita en la propia obra, sea más chejoviana y atienda más a la construcción psicológica de los personajes, marcados por la fragilidad y la tendencia a identificarse con los perdedores. Más allá de la moralinaa la que triste y peligrosamente se asoma en ocasiones, la pieza reúne diversos juegos interesantes de confusión, como los que tienden a diluir los límites entre terapia y representación teatral. La pareja protagonista, Galiardo y Mánver, sostiene el montaje casi por entero en una dialéctica perpetua que apenas encuentra otros apoyos: la escenografía no aporta argumentos, ni en las proyecciones casi siempre prescindibles ni en los cambios de paneles, pesados, lentos, cómplices del estorbo y poco efectivos a la hora de delimitar espacios, ficticios y reales.

Humo responde, según defienden su autor y sus intérpretes, al género conocido como teatro de texto. Poco se puede objetar a la catalogación, pero sí a su expresión. Tanto Galiardo como Mánver, actores artesanos, se pasan toda la función defendiendo sus personajes con una pronunciación esmerada de una interpretación excesivamente literaria. Sus réplicas parecen a menudo más leídas que sentidas, con pulcritud (aunque Galiardo se empeñe en formular mal la segunda persona del singular del pretérito imperfecto de indicativo y diga siempre escribistes por escribiste) pero más a renglón que en un dictado. Esta rigidez tiene consecuencias tanto en los discursos (Mánver cometió ayer un pequeño error sin importancia, pero en vez de seguir libremente volvió al principio de la frase) como en las posturas, esforzadas y poco naturales (los brazos de Galiardo durante su arenga en la terapia). El teatro de texto no se somete a éste, sino que emplea la palabra para recrear el mundo. Aunque sea mentira.

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