Cultura

"En las familias, la vocación de felicidad acaba siendo una farsa"

  • Gabriela Wiener publica 'Ejercicios para el endurecimiento del espíritu', un poemario que explora la inquietante extrañeza que contiene lo cercano

Gabriela Wiener reinterpreta en un poema de Ejercicios para el endurecimiento del espíritu (La Bella Varsovia) un pasaje de Claus y Lucas, de Agota Kristof, aquel en el que los niños se descubren ya inesperadamente impasibles ante los agravios de la abuela, "un día -resume Wiener- salen a la calle y le piden a alguien que los insulte / comprueban que ya no les afecta en absoluto / que pueden permanecer indiferentes", pero esa estrategia aún plantea un problema: se acuerdan de las frases afectuosas de la madre y se percatan de que "esas son las frases que tienen que olvidar (...) las repiten muchas veces / hasta agotar su significado / tantas que consiguen que ya no duelan". Del "poder que tiene la literatura para cambiar cosas, para hacer que todo se quede en silencio" trata el primer poemario -tras varios libros de periodismo y narrativa- de esta autora nacida en Lima en 1975, una obra que su artífice ha vivido como "una guerra, era como ir a matar a algunos y a morir un poco yo también". Sus estampas poseen la autenticidad, la fiereza y la ternura de quien sabe que la poesía es un campo de batalla en el que enfrentarse al miedo y al recuerdo, y Wiener, que había abordado el género de forma casi "clandestina" -publicó la plaqueta Cosas que deja la gente cuando se va-, hace predecir con estas líneas de honestidad perturbadora y belleza descarnada que no será una incursión aislada en el verso.

-Como Claus y Lucas, la protagonista acaba endureciendo su espíritu. A lo largo de las páginas combina las inseguridades de la juventud con destellos de madurez. En cierto modo es la historia de un aprendizaje.

-A través de la escritura te puedes hundir o te puedes hacer más fuerte, es trabajar con un material sensible. La escritura puede ser una anestesia contra el dolor, puede callarte, pero no si no pierdes la posibilidad de seguir viviendo, de volver a escribir sobre esas cosas, de volver a salvarte. Sí es verdad que el libro es un aprendizaje. Lo escribí en varias etapas de mi vida y están representadas: ahí está la adolescencia más salvaje, más autodestructiva, con momentos de autoconmiseración y unos sentimientos que son muy adolescentes, y también hay un recorrido hacia la madurez. Pero es igualmente una obra que trata sobre la experiencia personal y la colectiva. Te puede hablar de habitaciones en las que estás encerrada o de lo que está fuera, de floripondios que se pudren en los jardines de las parejas, o te cuenta otras historias más oscuras que son como thrillers pasionales o pequeños textos que son casi microcuentos dentro del poemario.

-Uno de los poemas se titula La familia feliz en referencia a un juguete de su infancia. En su obra la familia, entendida como ese orden doméstico idílico que nos han vendido, se perfila como algo imposible.

-La segunda parte del libro se llama En el papel pintado siempre era primavera, que alude a esa artificialidad del paisaje familiar, habla de la familia como ficción. En la habitación de mi abuela había unas flores amarillas, de un campo muy primaveral. Esa habitación se fue volviendo muy oscura con la enfermedad de mi abuela, con su envejecimiento. Estuvo postrada muchos años y yo miraba ese papel que nunca envejecía, en el que siempre era primavera. De alguna manera, en las familias se intenta mantener esa vocación de felicidad que termina siendo una farsa. La familia, para mí, representa un refugio imposible, deseado ante la realidad, un espacio de simulación en el que mirar debajo de la alfombra para ver cuánto hay de escondido, de oscuro.

-Las relaciones amorosas también son complejas, tormentosas. En uno de los poemas empieza diciendo: "Tuve un novio que quería matarme".

-Creo que me intoxiqué demasiado pronto con esas poetas que se suicidaron a mi edad actual. Yo empecé a escribir leyendo a Pizarnik, Sylvia Plath, Anne Sexton, a quienes la vida doméstica amenazaba su trabajo literario y que estaban en una lucha constante por eso. No sé qué es primero en mi imaginario poético, si es mi vida, mi vida de pareja y mi experiencia en relaciones de amor o de familia, o son mis lecturas las que condicionan eso. A la hora de ponerme a escribir el tema de lo doméstico, del espacio privado, está cercado por peligros tremendos. Siempre me ha fascinado Sylvia Plath, pero últimamente me obsesionan las cartas que le escribió Ted Hughes a ella. Quizás porque es como un juego de espejos, yo también estoy casada con un poeta, y esa lectura me da la perspectiva del otro.

-Da mucha fuerza a sus versos esa mezcla de ternura y violencia. Como cuando su hija le cuenta que soñó que un león la atacaba a usted "y era verdad / pero le dije que se había comido a otra mamá".

-He escrito mucho sobre mi hija desde que estaba en la barriga. Tengo un libro que se titula Nueve lunas, y dentro de poco, en enero, saldrá en Malpaso Llamada perdida, donde hay una sección, Lo madre, que son conversaciones con ella ya convertida en una persona que me confronta y que está siempre encima. Más que la presencia de la hija, en este poemario, está la presencia de la madre: la madre que temo ser o que soy, la que tuve.

-Es bestial cómo arranca Foto en blanco y negro: "La niña que será mi madre / coge un rifle".

-Mi poética es como un baúl de recuerdos o tesoros del que voy extrayendo cosas a las que doy un nuevo valor. Me encantó recuperar esa foto en blanco y negro de mi madre con una escopeta y mi abuelo enseñándole a disparar. Hay otro poema, Aborto, que trata sobre habitar la casa de alguien con todo lo que han dejado rodeándome. A menudo procedo como la cronista que soy. Estos Ejercicios son unos ejercicios de investigación, de documentación, pero también de desentrañamiento, de revelación. El tema de la búsqueda de la verdad, que ha sido central en mi periodismo, también lo es en mi poesía de una manera mucho más clara.

-En Deconstrucción del padre retoma versos de su progenitor, Raúl Wiener.

-Esa pieza se basa en unos 50 poemas que escribió él, un comunista y analista político. Eran poemas de juventud y por eso no eran perfectos, pero di con muchos hallazgos. Se me ocurrió hacer como un dj: mezclar y samplear a mi propio padre. Los dos estamos sonando, mezclados, en una especie de frankenstein que narra él y en cierto modo me narra a mí. Alguno me ha dicho que es mi mejor poema y no sé cómo tomarme eso [ríe].

-"Nunca supe que escribía poesía hasta que lo vi en el manicomio", se puede leer al principio del libro. Y luego los poetas que aparecen habitan en los márgenes: usted recuerda haber leído los versos de alguien "como un murciélago recuerda a otro / el asco que produce en los demás".

-Hay una cuestión con la poesía o la literatura en toda la obra: para mí no es una relación confortable. Si hay algo que se hace bien en el Perú es la poesía, tenemos una tradición maravillosa con autores como César Vallejo, Watanabe... Y también está esa imagen del poeta maldito, trotamundos, que siempre me ha despertado tanta atracción como rechazo. En Perú hablamos de los poetas que se reúnen en los bares, que te recitan versos pero nunca publican. Yo tengo más simpatía por esos poetas que por los que trabajan en las universidades, pero llega un momento en el que te preguntas si te vas a arrastrar por eso o no. Eso está en Roberto Bolaño, Los perros románticos es un libro que a mí me ha influido mucho, sobre la vida y los márgenes. Y Bukowski, cuando yo era más adolescente, me interesaba muchísimo, y hay rasgos de su obra en algunos poemas, como los de Princesa cautiva, que son de ese palo.

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