Muere Philip Roth

Las grandes novelas americanas

Se suele considerar un gran escritor a quien ha escrito al menos una gran novela a lo largo de su vida. El mérito de Philip Roth es que fue capaz de publicar una gran novela todos los años, hasta que decidió abandonar la literatura. Así fue capaz de dejarnos como herencia mucho más que esa gran novela americana que tituló así con sorna, la que rastrean los críticos desde hace más de un siglo, la que han atribuido indiscriminadamente desde la Lolita, de Vladímir Nabokov, a Libertad, de Jonathan Franzen.

Porque Philip Roth no deja una, sino al menos 15 grandes novelas americanas. Recorren un espacio personal del autor, ubicado geográficamente entre Newark, Nueva York y Connecticut, y centrado principalmente en los judíos norteamericanos, desde los que llegaron en la diáspora (como su propia familia) a las siguientes generaciones nacidas en EEUU. En esa evolución no sólo aparecen las vivencias de la comunidad judía; están comprendidos los sueños, las aspiraciones, los desengaños y las mentiras de la última mitad del siglo XX y los primeros años del siglo XXI. Roth nos muestra la fragilidad de los hombres y las mujeres de nuestro tiempo, la evolución hacia un teórico progreso y una mayor libertad, que encubrió demasiadas miserias y originó una doble moral.

Al hablar de sus mejores obras se suele citar siempre Pastoral Americana, la historia del sueco Levov y su hija terrorista, con la que ganó el Pulitzer de 1998. O extenderla a la Trilogía Americana (publicada entre 1997 y 2000) que forman esa novela con Me casé con un comunista (ambientada en el macartismo anticomunista) y La mancha humana (la historia de Coleman Silk, el racista que simulaba). Tres novelas donde le da una vuelta de tuerca perfecta a la impostura, la corrupción, el falso puritanismo y el fingimiento del hombre moderno, que siempre estuvieron entre sus principales obsesiones.

Pero su amplia obra abarca mucho más que la Trilogía. Roth empezó a destacar en 1959, con la novela corta y los relatos de Goodbye Columbus, y se consolidó con obras como El lamento de Portnoy o El pecho, donde aparecen sus peculiares visiones de la sexualidad desde lo esperpéntico y una cierta evocación kafkiana.

Cuando en los 70 publicó La gran novela americana y Mi vida como hombre ya empezaba un giro que alcanzó un peldaño más en 1986, cuando aparece La contravida, en la que el juego de la simulación y las identidades equívocas ya se plantea en toda su crudeza.

Después llegará a la cima. Todo lo que publica Philip Roth a partir de 1993 es extraordinario. Ahí se incluyen obras como Operación Shylock, con el juego perfecto de la suplantación de un falso Philip Roth que se hace pasar por el escritor. También El teatro de Sabbath (1995), que hoy rechazarían muchas editoriales por ser políticamente incorrectísima; o la fantasía política que desarrolló en La conjura contra América (2004), una de sus obras más populares y elogiadas.

Nathan Zuckerman, el álter ego de Philip Roth, es el personaje que encarna sus vivencias, su evidente hundimiento y amargura personal por el cáncer de próstata que sufrió, su miedo a la inevitable vejez y a la muerte, que están presentes en su última etapa. Con Nathan Zuckerman nos deja una excepcional obra de postrimerías en Sale el espectro (2007), cuando vuelve a Nueva York acuciado por la impotencia, tras su operación de próstata, y con la nostalgia de la pérdida, de una vida que se acaba.

Su última trilogía la forman novelas con títulos cortos: Indignación (2008), La humillación (2009) y Némesis (2010). Tres obras finales. ¿Se le había olvidado escribirlas antes? El telón se cierra en Némesis, con el recuerdo del verano del 44 en Newark, cuando la polio causaba estragos en los niños, en aquellos años de su infancia.

Hay que imaginarse a ese Roth, que con 75 años se encierra en su cabaña de Connecticut, aislado del mundo, para entregar ese testamento literario. Hasta que se aburre y anuncia urbi et orbi que ha dejado de escribir, que ya no publicará jamás, que la gran novela americana se quedó huérfana del patriarca. Philip Roth, como Don de Lillo y Thomas Pynchon, contó historias con una coherencia a veces exhaustiva, pero siempre genial. La literatura de nuestro tiempo es imposible de entender sin él.

Su gran valor fue precisamente universalizar la realidad que vivió a partir de los judíos de Newark, y que luego consagró en el cosmopolitismo del Upper West Side de Nueva York y en los parajes rurales de Connecticut. Casi todas las corrupciones (la política, la económica, la universitaria, la policial o la personal) están presentes en su obra. Se le acusó de misógino y hasta de pornográfico por apartarse de las convenciones puritanas y ser crítico con ciertos excesos feministas. Supo retratar el cinismo de ellos y ellas, más allá de los géneros. Su mensaje no fue pesimista, sino que buscaba llegar a la verdad. Denunciar la falsedad que hasta puede llevar a un negro a fingir ser blanco. Iluminar las sombras ocultas del hombre contemporáneo.

Y puede que algunos se lamenten porque ha muerto sin recibir el Premio Nobel, concedido a otros como J. M. Coetzee, que publicó un libro con Paul Auster donde opinan sobre Roth. El Nobel le quedaba demasiado pequeño a Philip Roth, que denunció precisamente la falsa moral que ha obligado a la Academia Sueca a no entregarlo este año. Esa historia de mentiras, sexo y casas de apuestas también pudo incluirla en alguna de sus grandes novelas.

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