Cultura

En el imperio de la disciplina

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Back to Bass Tour. Club de Tenis del Hotel Puente Romano de Marbella. Fecha: 30 de junio. Músicos: Sting (bajo y voz), Dominic Miller (guitarra), David Sancious (teclados), Vinnie Colaiuta (batería), Peter Tickell (violín y mandola), Jo Lawry (voz). Aforo: Unas 2.300 personas (casi lleno).

Poco antes de que Sting saliera el pasado sábado al escenario del Hotel Puente Romano en Marbella, comentaba el arriba firmante con un amigo la fama de sargento del músico británico, un nivel de exigencia que, en gran parte, impidió que la reunión con The Police de hace unos años fuera a mayores. Mi amigo no dudaba de que para otros músicos debe ser difícil trabajar con este hombre, pero afirmaba que, a la vez, ese tesón casi militar ha permitido a Sting bordar una carrera impecable, con propuestas siempre bien acabadas independientemente de la recepción que haya podido brindar el público. Lo que uno espera de un concierto de Sting es precisamente eso, algo muy bien tocado, y eso es, exactamente, lo que el músico ofreció en su concierto marbellí arropado por una banda de calidad descomunal. El público congregado, variopinto, tan familiar como excéntrico, aunque también en su mayoría de origen británico, respondió con una entrega absoluta, levantado a menudo de sus asientos cuando el protocolo y el alto precio de las entradas recomendaban lo contrario. La disciplina funcionó de nuevo, como correspondía, pero tal vez se echaron de menos otras cosas.

La posibilidad de ver a un Sting más entregado al rock después de sus coqueteos con la música sinfónica y el repertorio barroco inglés resultaba estimulante. Sting salió bajo los focos en una posición muy cercana a la que se pudo ver en la citada reunión de The Police: una simple camiseta, pantalones de cuero ajustados y su viejo Fender ya entre manos para hacer honor al nombre de la gira, Back to Bass. El mismo músico ha promocionado esta propuesta como una vuelta a los orígenes, y sí, el sonido fue ayer más contundente y menos distinguido que en otras ocasiones, beneficiado por las bases que él mismo imprimía con el bajo y el oficio de Vinnie Colaiuta; pero este presunto regreso a las primeras inquietudes tuvo mucho más de etiqueta, o si se quiere de envoltorio del paquete, que de realidad manifiesta. La primera sección del concierto, bajo una escenografía sin alardes, fue altamente prometedora: una hermosa lectura de All this time y la siempre cautivadora Every little thing she does is magic marcaron el terreno con altura. Inmediatamente, Sting terminó de meterse al respetable en el bolsillo con Englishman in New York, coreado hasta el cielo, por más que algunos nos sigamos preguntando qué demonios se le pasó por la cabeza a este hombre cuando decidió destrozar esta canción tan deliciosa con un incomprensible arranque de percusión funk a todo tren. Si en ese momento Sting hubiese decidido dar el concierto por terminado, habría sido un éxito. Pero a la hora y media larga que duró la velada le quedaba aún un notable trecho de picos a menudo demasiado pronunciados.

¿Era necesario que Sting metiera en el repertorio una canción como Demolition man? Tal vez el tema se ajuste bien a la carta de presentación de la gira y por eso haya decidido incluirlo, por más que no figure, ni de lejos, entre lo mejor de su obra. Aquel aroma que habían emitido los primeros compases del concierto se esfumó de pronto, algo que no pudo evitar ni un Dominic Miller poniendo (mala) pose de estrella de rock y hasta jugando a partir una llave de su guitarra. Posiblemente el público más entregado no lo acusara, pero lo cierto es que había que trabajar un poquito desde la grada para mantener el entusiasmo, hasta con un Sting bromista y jaleoso. Ni I hung my head, ni Heavy cloud, ni siquiera un Driven to tears que remitió al maravilloso sueño de las tortugas azules respondieron a la expectativa. Y tal vez fuera porque sí, sonaron a gloria, tocadas con soberbia maestría, pero olían de lejos a la correspondencia con un guión establecido. Era lo que había tocar, y se tocó. Pero a la noche le seguía faltando verdad. Fields of gold fue exactamente lo que se esperaba, un punto de inflexión tras el que Message in a bottle, claro, volvió a levantar al público, loco por aplaudir, bailar, fotografiarse, corear, recordar, estar.

Love is stronger than justice sacó a la palestra la excelente acrobacia de Peter Tickell, el verdadero hombre de la noche, virtuoso con el violín hasta dejar el arco hecho unos zorros, aunque el fondo resultara más divertido comprobar cómo recreaba los viejos arreglos de Bradford Marsalis en otros temas. The hounds of winter fue, para un servidor, la reivindicación más feliz de la carrera en solitario de Sting, conmovedora en la eficacia de su compás regular, directa, contaminante y bendecida por la estupenda voz de Jo Lawry. Y es que, claro, había que fijarse en los músicos. El protagonista presentó a Colaiuta como uno de los mejores baterías del mundo con mucha razón, y además se ha apuntado un tanto más que considerable al tenerlo de nuevo en sus filas; pero contratar a este hombre para hacer lo que hizo el sábado es como contratar a Jorge Luis Borges para que escriba la lista de la compra. The end of the game volvió a sonar sosa a pesar del chiste de los zorros, y tampoco la de Roxanne fue una versión precisamente memorable.

Ya en los bises, una estimable mirada a Desert Rose precedió a otro de los mejores momentos del concierto, King of pain, antes de que la fiesta rematara con Every breath you take y, al igual que ocurriera con la última gira de The Police, una propina nostálgica y certera con Next to you. De modo que sí, el sabor de boca fue bueno, muy bueno, pero demasiado previsible y merecedor de más magia. Lástima de luna llena.

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