Cultura

"Mi libro es un acto de nostalgia por la Europa del talento"

  • La autora bilbaína publica 'La vida cuando era nuestra', una historia de mujeres castigadas por las guerras del siglo XX y un homenaje a la lectura

"¿De dónde he sacado yo esto?", suele preguntarse Marian Izaguirre cada vez que termina un libro. "No sé, ni idea", se responde: "Será una combinación alquímica de lo que he visto, lo que he oído, lo que me han contado, las películas que has visto, los libros que he leído... Porque los libros que lees se te quedan dentro, en las venas, forman parte de tu aparato circulatorio". De esto trata, de la pasión por la lectura, de la cultura como refugio y salvación, su última novela, una historia con varias historias dentro, como muñecas rusas encajadas unas sobre otras, ambientada en distintos lugares y en distintas épocas, protagonizada por personajes marcados por las guerras y derrotados tras ellas, pero aun así dignos, íntegros, jamás humillados.

La vida cuando era nuestra, que así se llama el libro, publicado por Lumen con la dedicación que se reserva para las grandes apuestas, verá también la luz en varios países europeos, de Inglaterra a Polonia, de Holanda a Portugal. "Mi editora y yo nos decimos siempre que ésta es una novela feliz: se inició feliz, transcurrió feliz, acabó feliz y ha tenido una salida al mundo también feliz. Estoy muy contenta, claro. Porque además la novela no está apoyada por nada más que una buena editorial y por lo que hay dentro de sus páginas", dice Izaguirre sobre su novela, cuyos derechos de traducción internacionales se vendieron incluso antes de que se pusiera a la venta en España.

Las claves del éxito, dice la autora de esta novela de mujeres -no para mujeres, puntualiza, porque ha comprobado ya "con sorpresa" que está gustando "tanto a hombres como a mujeres, y tanto a la gente joven como a los mayores"-, residen en "las emociones" que laten en la historia, en la "no dificultad de lectura" y en el magnetismo del mundo que recrea, "uno que ya no existe", dice: el París de los años 20, esa efervescencia de artistas llegados de todo el mundo, y en general la Europa de la enorme riqueza cultural y del humanismo, una muy distinta a la de ahora, de rostro mucho más áspero, "y ni rostro tiene, porque ni siquiera sabes quién está comprando y vendiendo países".

"En un acto de nostalgia", explica la escritora bilbaína afincada en Madrid, quiso evocar esa Europa "del talento y la energía", y lo hizo a través de la historia de dos mujeres que se conocen en una librería de lance del Madrid de la posguerra, al comienzo de los años 50; una joven española, una persona más de ese inmenso colectivo de "perdedores que en ese tiempo lo eran a tiempo completo, no a tiempo parcial", la otra británica, ya madura y de pasado envuelto en un halo de misterio y silencio. Ambas acabarán leyendo juntas, a la par, el mismo libro, donde irán adentrándose, cada vez más profundamente, en la historia de una joven inglesa, hija de un aristócrata que no la reconoció como tal, y sus vicisitudes amorosas a través de varias ciudades europeas.

La novela es un canto y una incitación a la pasión por la lectura, una declaración de amor a las librerías como espacios sagrados o casi, a las novelas como lanzaderas para vivir otras vidas o al menos soñarlas. La autora, en cualquier caso, no quiere que haya malentendidos, porque a pesar de los muchos escritores que aparecen citados en las algo más de 400 páginas -todos ellos, de Rafael Sánchez Ferlosio a Emily Dickinson, de William Faulkner a Katherine Mansfield, unidos a las peripecias vitales de los personajes- no es éste uno de esos libros que a veces -absurdamente, peyorativamente- se lanzan al cajón de la literatura sobre la literatura.

"La novela tiene muchos niveles de lectura -dice Izaguirre, que gracias al buen funcionamiento de La vida cuando era nuestra prepara ahora la reedición de su primera novela, La vida elíptica-. Si eres un lector habitual, exigente, puedes encontrar guiños de complicidad, pero no necesitas haber leído 2.000 libros para disfrutar de esta lectura. Aunque si has leído 1.500 también te va bien".

Dice la escritora que el libro "formalmente", es "poco e incluso nada autobiográfico", y "al mismo tiempo", matiza, "lo es totalmente". "Lola y Matías", dice sobre dos de las criaturas de ficción que recorren la trama, "no son nadie que yo conozca... pero se visten como mis padres, y ella se peina como mi madre, y hacen el café como lo hacían ellos y tienen las mismas cosas que había en mi casa cuando yo era muy pequeña". Izaguirre recalca que eso, esa autenticidad de los recuerdos, esos sentimientos reales, personales, aunque volcados en criaturas de ficción, en historias que nunca le pasaron ni a ella ni a nadie conocido, es lo que ha prendido, seguro, entre sus lectores. Tanto, dice, que ya le piden con frecuencia una segunda parte de la novela. Para que no haya dudas, ella zanja pronto la posibilidad. "Yo lo entiendo, porque le cogen cariño a los personajes. Yo también se lo cogí, a mí también me dio pena acabar la novela. Pero no. Las cosas son como son: nada nos dura para siempre. Para mí la novela está acabada y no tiene sentido volver a ella ahora, alargarla, para qué. Escribiré, claro, pero de otras cosas, esto sí que lo prometo".

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