Cultura

La magia de antaño

  • El festival 'La Edad de Oro' celebrará su tercera edición del 3 al 10 de septiembre en el Cine Albéniz con ciclos dedicados a Orson Welles, Jean Renoir, Cecil B. DeMille, Vittorio De Sica, Billy Wilder e Ingrid Bergman La Plaza de Toros se incorpora como nueva sede

Por más que cada año sigan produciéndose películas notables (algunas, incluso, sobresalientes), dignas de ingresar en el canon universal del séptimo arte, la admiración del cine clásico, especialmente en pantalla grande, sigue reportando una satisfacción propia, distinta y seguramente más honda, que no menos divertida. Hasta los críticos más avezados de la postmodernidad coinciden en señalar una edad de oro en el género: un periodo que abarca no pocas décadas desde la fundación del invento en el que el cine obedecía a ciertas reglas narrativas favorables a la consideración de las obras maestras, beneficiadas por un público, a priori, menos saturado de infección audiovisual y más paciente a la hora de sentarse y esperar a que le cuenten una historia. Durante su siglo largo de existencia, el cine ha mostrado una capacidad expresamente proteica para convertirse en muchas cosas, incorporar todo lo que le es (presuntamente) ajeno y metamorfosearse a gusto para alumbrar el prodigio y dejar al respetable con la boca abierta; pero hubo un tiempo, además, en el que el cine, tal vez mirado con desdén por las artes más veteranas, aspiró, también, a ser perdurable, en el sentido de inolvidable. Y es aquí donde el cine contemporáneo, asfixiado por la abultada oferta y conducido según la ley del mercado a los productos efímeros de temporada, perdería tal vez la partida. Conviene contar con otra evidencia: el cine clásico gusta a mucha gente (entiéndase gente en su espectro más diverso), a estas alturas, porque la historia del cine no deja de ser la suma de innumerables historias particulares; cada uno cuenta su vida, al cabo, a partir de las películas que más disfrutó en una sala, ésas que se hicieron imprescindibles. Por eso, La Edad de Oro, la programación consagrada al mismo cine clásico que organiza el Festival de Málaga, celebrará su tercera edición del 3 al 10 de septiembre con el Cine Albéniz, de nuevo, como plaza fuerte: porque aún hay quien lo pide.

Así lo recordaba ayer en la presentación de los contenidos el director del festival, Juan Antonio Vigar, quien suscribió la idea de que La Edad de Oro tiene su origen por petición popular: "En 2012 nos hicimos cargo de la filmoteca del Cine Albéniz y a partir de entonces comprobamos que, cada jueves, la película que más recaudaba en la taquilla era la incluida en el ciclo. Así que entendimos que había en Málaga la posibilidad de organizar un proyecto mayor, de darnos un verdadero festival de cine clásico, porque la gente lo estaba reclamando. La afluencia de las dos primeras ediciones así nos lo confirmó". Dicho y hecho: la tercera edición de La Edad de Oro presentará 30 proyecciones de 27 películas (cifras similares a las del año pasado) distribuidas, en su mayor parte, en seis ciclos, dedicados respectivamente a Orson Welles con motivo de su centenario (ocasión que se celebrará el mismo día 3 con la puesta de largo de un monolito en el Parque del Cine de Teatinos, junto a la misma calle Orson Welles, a mayor gloria del cineasta), Jean Renoir, Cecil B. DeMille, Vittorio De Sica, Billy Wilder e Ingrid Bergman. Todo un festín servido en copias restauradas en 35 mm. y en versión original subtitulada, a gusto del cinéfilo. Además, esta nueva edición incluye algunas novedades, como la incorporación de la Plaza de Toros para la proyección al aire libre de tres clásicos contemporáneos dentro del ciclo Tiempos modernos: Tiburón de Steven Spielberg (el día 3), El precio del poder de Brian De Palma (el 4) y El gran Lebowski de los hermanos Coen (el 5), siempre a las 22:00 y con entradas a 3 euros. Para los más pequeños se proyectará El Rey León en 3D en el Albéniz el sábado 5 a las 11:00, mientras que el fórum de la Fnac contribuye en el centro comercial Málaga Plaza con un apartado dedicado a series de televisión (Twin Peaks y Frasier) y una exposición, ya inaugurada, de fotografías inspiradas en las películas de Orson Welles. El canal TCM, aliado del festival, aporta sus Conversaciones, que traerán al Albéniz Miguel Ríos (el viernes 4) y Elvira Lindo (el sábado 5), ambos a las 20:30, para dar cuenta de sus clásicos favoritos. A todo esto se añade un taller práctico de iniciación al lenguaje cinematográfico para mayores de 55 años, patrocinado por la Fundación La Caixa e impartido por la directora y guionista Concha Barquero, que se celebrará del 9 al 11 de septiembre con Las diábolicas de Clouzot (nada menos) como materia prima; así como el ya anunciado seminario de periodismo cinematográfico que acogerá, del día 7 al 11, a Carlos Heredero, Pere Vall, Pedro Vallín, Alberto Bermejo y otras ávidas plumas consagradas al citado menester.

En cuanto a los ciclos (con la entrada general a 5 euros y bonos para cinco localidades a 4 euros), los amantes de Orson Welles podrán desquitarse a fondo con la proyección de seis títulos incontestables, suficientes para demostrar que el talento del presunto va mucho más allá de Ciudadano Kane: El extranjero (1946), Sed de mal (1958), Macbeth (1948), Otelo (1952), Fraude (1973) y El proceso (1962) prefiguran una completa aproximación a la filmografía del genio, con gran parte de los muchos palos a los que se arrimó. Jean Renoir atesora para la ocasión otros seis títulos: Esta tierra es mía (1943), La gran ilusión (1937), La regla del juego (1939), La bestia humana (1938), El río (1951) y French cancan (1955). El resto de ciclos se presentan menos abultados pero sin menos enjundia y sin dejar de jugar sobre seguro: resulta imposible resumir a Ingrid Bergman en tres películas, pero por si acaso ahí van Recuerda (Alfred Hitckcock, 1945), Las campanas de Santa María (Leo McCarey, 1945) y Casablanca (Michael Curtiz, 1942), con la duda de qué habría pensado Roberto Rossellini sobre semejante selección. El espectáculo vendrá servido, eso sí, de la mano de Cecil B. DeMille con Piratas del Mar Caribe (1942), Los diez mandamientos (1956) y la Cleopatra (1934) de la simpar Claudette Colbert: un tríptico que, por sus dimensiones, y más aún después de la restauración, constituye todo un homenaje a la pantalla grande. Si hubiera que optar por tres obras de Vittorio De Sica, tal vez el entuerto resultaría más sencillo, pero no por ello menos imponente en cuanto al resultado: Umberto D. (1952), Milagro en Milán (1951) y Ladrón de bicicletas (1948) hablan, como pocas películas, del humanismo posterior a la Segunda Guerra Mundial que vino a llamarse neorrealismo (por más que la segunda de las tres conserve maravillosos elementos propios de los cuentos de hadas). A Billy Wilder, invitado siempre bienvenido, el asunto se le queda en dos envites tempranos, pero vaya dos: Perdición (1944) y El crepúsculo de los dioses (1950). El menú conforma una tradición digna del sosiego: ése que reconforta al espectador cuando se sabe parte de algo. Ahora que va todo tan rápido, aquí está el cine para degustar.

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios