Cultura

El mito del taranto

  • Montse Madridejos y David Pérez Merinero cierran el año Amaya con la publicación de una biografía en imágenes de la bailaora y defendiendo la tesis de que ésta nació en 1918

Montse Madridejos y David Pérez Merinero. Prólogo de Juan Marsé. Edicions Bellaterra, Barcelona, 295 pp.

La imagen actual del flamenco se ha construido, en parte, sobre mitos. Sobre todo la que se configuró, y de la que la imagen actual es heredera, en el periodo en el que no había estudiosos con los instrumentos adecuados para conocer el pasado, aunque fuera de forma aproximada. Muchos de esos mitos han ido cayendo gracias a la labor de investigación de José Luis Ortiz Nuevo, Faustino Núñez, José Manuel Gamboa, José Luis Navarro, Gerhard Steingress, Antonio Barberán, Manuel Bohórquez, Rafael Chaves y un largo etcétera, en el que cabe incluir a los autores de esta obra. Por supuesto, no hay que olvidar la labor de pioneros como Anselmo González Climent o Luis Lavour.

No obstante, los mitos flamencos, incluso los que se revelan más tendenciosos y con falta de fundamento, se resisten a irse. En la historiografía flamenca reza más que en ninguna otra disciplina aquel dicho periodístico: "Que la realidad no te arruine un buen titular". ¿Qué me dicen de Carmen Amaya asando sardinas en el hotel Waldorf Astoria de Nueva York? Pues algún día se revelará que esta superchería fue, acaso, una astuta estrategia comercial de Sol Hurok, el empresario que condujo a Carmen Amaya por los entresijos del show business norteamericano. Es muy curioso: Carmen Amaya pasa de ser Miss Morena 1935 en España a The Queen of the Gypsies en 1942 en Estados Unidos. Por supuesto, los españoles, ávidos de consumir cualquier producto norteamericano, nos comimos esta Carmen Amaya Queen of the Gypsies, que es la que hoy se sigue vendiendo fuera y dentro de nuestro país, olvidando, por ejemplo, no sólo a Miss Morena 1935, sino a la artista que había hecho cine social con Buñuel. Y es que Carmen Amaya, lógicamente, son muchas Cármenes Amayas.

De estos y otros mitos del mayor mito del flamenco tratan los textos firmados por Montse Madridejos y David Pérez Merinero en esta obra. La publicación, no obstante, es básicamente un libro de fotografías: se reconstruye la trayectoria vital y artística de la bailaora a través del nutrido archivo visual de los autores. A pesar de lo cual son varios los mitos que, a mi parecer, desmiente la obra en su breve texto: que naciera en 1913, que fuera Sabicas el que la presentó en Madrid en 1935... y por supuesto lo de las sardinitas. Lo mejor de las sardinitas es el cuadro que hizo Eduardo Arroyo en 1988 titulado Carmen Amaya asando sardinas en el Waldorf Astoria. Aunque, curiosamente, los autores de este libro no hacen referencia alguna a uno de los mayores mitos del flamenco en torno a Carmen Amaya: que inventara un baile nuevo en Nueva York, en 1942, llamado taranto. La verdad es que en 1942 no había un estilo flamenco llamado taranto, aunque sí existía la taranta y la minera, siendo una modalidad de esta última el cante que hoy se conoce como taranto.

Mi impresión, una vez cotejado el programa de mano de la actuación, gracias a mi amiga La Meira, es que Carmen Amaya bailó un número instrumental compuesto e interpretado por Sabicas titulado El taranto, probablemente, como apunta su título, un estilo minero. La palabra taranto aludía a los mineros almerienses pero todavía a la altura de 1942 no se refería a un estilo del flamenco. Para eso tendríamos que esperar a 1957, año en el que Fosforito nombra en su primer disco, a una de sus mineras, como taranto, según informan Rafael Chaves y José Manuel Gamboa. La razón de este cambio de nomenclatura hay que preguntársela al maestro pontonés Fosforito. Eso sí, la manera de bailar Amaya el estilo minero, a ritmo binario, impuso una fórmula que ya no variaría, aunque tuviera precedentes en La Malagueñita y en la mismísima Encarnación López Júlvez, La Argentinita: así nos lo indica José Luis Navarro.

Y es que la realidad es siempre más interesante, rica, compleja, maravillosa, que las anteojeras que a veces nos ponemos los seres humanos para mirarla. La realidad es tan fascinante que, comparada con ella, los mitos son juegos de niños: ¿no les parece un milagro que, por ejemplo, hablando de la historia del flamenco, la primera mujer en aparecer en imágenes en movimiento, en la prehistoria del cine, fuera una bailaora de Almería llamada Carmencita Dauset? Igual de maravilloso es que la bailaora de flamenco más famosa e influyente de la historia naciera en el barrio del Somorrostro de Barcelona. No hace 100 años, pese a las últimas celebraciones, sino en 1918, que es la hipótesis de los autores de este libro. Hipótesis a la que me adhiero, respaldada por datos, naturalmente, sobre todo el del padrón de Barcelona de 1930.

En fin, que en 2018 volveremos sobre el centenario de Carmen Amaya. Y ustedes que lo vean. Como señalaba en los años 60 González Climent en su ensayo Para una historiografía flamenca, un texto verdaderamente visionario, "la arquelogía jonda tiene que tener un carácter objetivo, y no gendarme". Ello es así porque el mito es tendencioso, partidista. La historia también, claro está, pero se exige a sí misma un mínimo de objetividad. Y ese mínimo es lo que nos da la vida, lo que nos da esta obra maravillosa para ayudarnos a disfrutar aún más de un mito y una realidad llamada Carmen Amaya, la bailaora del siglo XX, la bailaora más famosa de la historia.

Carmen Amaya (1918-1963) fue la artista de flamenco más popular de su tiempo y sigue siendo la bailaora más conocida de lo jondo. Y ello gracias a su exilio norteamericano, consecuencia de la Guerra Civil, de la que huye en 1936 rumbo a Buenos Aires, vía Lisboa. En su viaje de la capital argentina a Nueva York, ciudad en la que recala en 1941, recorre toda Iberoámerica, incluyendo Brasil, y graba diferentes películas y discos en Argentina, México y Cuba. En 1947 regresó a España, siendo la bailaora más famosa del mundo, merced a su trabajo en Nueva York y Hollywood. Aunque en España no era conocida en ese momento. Tuvo que rehacer su carrera nacional, combinando sus giras internacionales con sus recitales en España. Se estableció en Begur a finales de los años 50, pueblo en el que murió en 1963 de una insuficiencia renal. No le dio tiempo a ver en la gran pantalla su último filme, Los tarantos, realizado por Rovira-Beleta.

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