Wim Mertens. músico

"Mi obra es más accesible que hace treinta años porque la música lo es en general"

  • El intérprete y compositor, figura clave de la música contemporánea en Europa, regresa al Teatro Cervantes el próximo viernes 22 dentro del Terral con su proyecto 'Cran aux oeufs'

El pianista, cantante y compositor Wim Mertens (Neerpelt, Bélgica, 1953), durante un concierto. El pianista, cantante y compositor Wim Mertens (Neerpelt, Bélgica, 1953), durante un concierto.

El pianista, cantante y compositor Wim Mertens (Neerpelt, Bélgica, 1953), durante un concierto. / alex vanhee

No por recurrente y habitual (su última actuación en el Teatro Cervantes tuvo lugar en 2014) la presencia de Wim Mertens (Neerpelt, Bélgica, 1953) resulta menos estimulante. Su condición de gran epítome del post minimalismo europeo sigue vigente merced a un nivel de producción frenético que continúa abriendo puertas insospechadas a pesar de que se acerca ya al centenar de álbumes publicados. El compositor, guitarrista, pianista y cantante (en su inconfundible registro de contratenor) regresará el próximo viernes 22 al Teatro Cervantes, dentro del Terral, para presentar su último proyecto, Cran aux oeufs, lema que en formato discográfico contiene en una sola entrega sus tres últimos trabajos (Charaktersketch, lanzado en 2015; What are we, locks, to do? y Dust of truth, ambos de 2016) y que en el escenario transita por una selección de paisajes sonoros extraídos de estos títulos junto a Alexei Mochkov (violín) y Lode Vercampt (violonchelo). Y, bueno, Mertens siempre será el hombre que compuso Maximizing the audience, la asombrosa partitura que alumbró para el director teatral Jan Fabre en 1984.

-En una entrevista anterior le pregunté por la importancia de lo inesperado en su obra, y usted admitía que esa importancia era absoluta. Ahora quiero preguntarle por la disciplina, la previsión, los cauces que conducen de manera premeditada desde la música que conserva en su cabeza hasta la partitura. ¿Es esta cuestión igual de importante?

-Es bastante difícil dilucidar de qué manera la música que me ronda en la cabeza acaba convertida en una obra concreta, en gran medida porque no existe un mecanismo único. Si lo hubiera, podría ser peligroso. Por eso te decía aquella vez que lo inesperado tiene una trascendencia clave en mi obra, y la sigue teniendo. Cuando me siento a componer pongo en juego todo lo que siento, toda la naturaleza que me atañe; no sólo la música, todo lo que hago en cualquier sentido, lo que percibo, lo que sucede a mi alrededor. Y, en ese sentido, el nivel de expectación es más elevado conforme más protagonismo tiene lo que no se puede programar, lo imprevisto. En la sociedad actual, lo que no podemos programar tiene consecuencias más fuertes que todo lo que podemos organizar de antemano, como corresponde a una época de inseguridad y de cambios. Pues bien, yo siempre intento que la sociedad de hoy pueda verse reflejada en mi música. Tengo presente en cada obra esa contingencia.

-Si Heráclito decía que nadie puede sumergirse dos veces en el mismo río, ¿podemos concluir que nadie puede escuchar dos veces la misma música?

-Claro, porque las experiencias de quien escucha siempre van a ser distintas. Y el tiempo también. De hecho, no podemos esperar escuchar siempre lo mismo, porque en cada escucha nosotros somos diferentes y la música, en cierta medida, también lo es. Esto nos permite redescubrir una determinada obra cada vez que nos acercamos a ella. Nunca somos la misma persona, el mismo oyente.

-¿Sirve esta idea de respuesta a quienes afirman que sus conciertos son siempre iguales?

-Sí, podría ser. Cuando voy a dar un concierto deseo fervientemente que se produzca un acontecimiento; no una idea musical más o menos preconcebida, sino un evento único, irrepetible. Hay cantidad de elementos y de efectos, desde la propia interpretación a la reacción y la respuesta del público, que lo hacen posible.

-¿Se siente identificado aún con el minimalismo? ¿Le dice algo todavía esta etiqueta?

-A menudo la identificación y las diferencias con una determinada corriente son una cuestión de matices. Pero de lo que sí estoy seguro es de que no soy un músico estándar. Y no lo soy porque pongo todo mi empeño en ello, porque huyo continuamente de lo que huela a estándar. Me gusta trabajar con determinados patrones rítmicos que pueden conducir a la sorpresa, a la impresión de hallazgo, a la posibilidad de que quien escucha encuentre mi música distinta, propia, exenta de marcas. Fíjate, esto lo entiende mejor el público más joven, y por eso tengo con ellos una relación más directa, más libre. Muchos músicos de mi generación han procurado salir también del estándar y esto ha menudo se ha percibido como una excentricidad, pero para los más jóvenes esto forma parte ahora de la normalidad. Hablo de esa generación que ha crecido con Internet, que se ha desarrollado culturalmente sin una autoridad a la que rendir cuentas y que por tanto no se preocupa tanto de etiquetar cosas. Hoy vivimos en una sociedad más emancipada en este sentido. Y me encuentro muy a gusto haciendo música para ella.

-¿Y se ha sentido siempre cómodo fuera del estándar? ¿Ha valido la pena en cada intento?

-Sí. No es una cuestión de lobos independientes. Siempre ha habido músicos que han trabajado fuera de los cánones más reconocidos y extendidos, ya sea en la música clásica, en el rock o en el pop. Hacer música fuera del estándar significa mirar debajo de la superficie, indagar en otros materiales, ir siempre más lejos de los límites en los que el trabajo de un músico puede ser reconocido. Es más, para mí salir del estándar significa admitir que la tradición artística que nos ha precedido a lo largo de la historia de la música puede ser completada en conexión con el presente, es decir, de manera significativa para la sociedad de hoy. Ése es el reto. Y sí, para mí siempre ha merecido la pena, desde luego.

-Ya que habla de tradición, ¿a quiénes considera usted sus padres en esto de la música?

-Mis padres musicales tienen una vinculación directa con el ámbito familiar. Para un músico futuro es importante tener en su casa a personas que puedan indicarle, inspirarle, guiarle respecto a todas las posibilidades que la música encierra. Primero descubres la música ahí, en tu familia, dando tus primeros pasos en tu casa. Luego tocas con los amigos, en la iglesia, en la escuela. Sin que haya obligaciones de por medio, sin presiones, sin ambición alguna por tu parte: sólo por el mero placer de tocar. Así es que la música va convirtiéndose en algo importante para ti, en la medida en que habita todos los espacios de tu vida cotidiana. Llega el momento en que encuentras una música precisa para cada momento concreto. Yo empecé a ir al conservatorio a los veinte años, cuando ya había comenzado a estudiar en la universidad. Pero para entonces la música ocupaba una parte importante en mi vida.

-¿Reconoce usted algún cariz espiritual en su música, tal vez a través del canto?

-No específicamente. Intento que mi música abarque muchas cosas, todas las experiencias posibles, y seguramente la espiritualidad tiene ahí su hueco, pero sólo es una experiencia más. No es algo consciente. Entiendo que una parte del público encuentre con más claridad elementos espirituales en mi música, pero creo que esto dependerá más de su predisposición a encontrarlos, por los motivos que sean. Aunque no los niego.

-¿Diría usted que con el tiempo su música se ha hecho más accesible? ¿Es más fácil para el público general disfrutar hoy su obra que hace treinta años?

-La situación es hoy mucho más abierta que hace treinta años. La gente tiene más acceso a la música, puede llegar a ella de muchas maneras diferentes, llevarla encima a todas partes, descubrir músicas que antes parecían impensables. Entonces, puede que mi música sea hoy más accesible, pero lo es porque el lenguaje musical es más accesible. Hay muchas más puertas a las que llamar, muchos más canales en los que entrar y mucho más recorrido que completar. En este sentido, mi música es más accesible, sí. Pero lo es como signo propio de los tiempos.

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