Arte

Por sus obras la conoceréis

  • El CAC Málaga acoge una magnífica retrospectiva de la británica Tracey Emin, una de las artistas más relevantes y exhibicionistas de panorama internacional

La compasión y la conmoción no son sentimientos que suelan brotar en las salas de arte. Tampoco abundan el dolor y el trauma; en cambio, es más habitual la provocación. De todo esto hay en la producción de Tracey Emin. Esta retrospectiva es sencillamente magnífica, ya que, con una concentración emocional que llega al paroxismo, nos ofrece la oportunidad de aprehender una de las figuras indispensables en el arte actual. Estos veinte años que aquí se muestran ilustran las razones que han llevado a Tracey Emin a adquirir tal notoriedad, más allá de episodios cercanos al escándalo y la provocación, coordenadas que, por otro lado, han marcado a otros artistas de su generación como Hirst o los Chapman y que no siempre han sido alimentadas en exclusiva por ellos.

Lo que hace tan singular la obra de Emin es su componente autobiográfico. No se trata de una artista que crea un personaje como pudo ser Dalí (todo él), o de otro que se expone como mediador socio-artístico en papeles chamánicos y mesiánicos como Beuys (la pretendida unión vida-arte), ni como producto en sí (Warhol); la obra de Emin es su vida, sin más. Eso sí, una vida cargada de acontecimientos desgarradores (abusos cuando era menor, dos abortos o una violación, entre otros) y condicionantes sociales (la ausencia paterna o su adolescencia en Margate, un opresivo pueblo turístico inglés donde se entrega al sexo) que nos muestra sin tapujos. Ahora bien, la honestidad -una atroz carga de verdad- y la emoción con la que transforma ese cúmulo de experiencias en piezas artísticas, permiten que lo que pudiera resultar obsceno devenga estremecedor y conmovedor relato. Éste se halla compuesto por la fragilidad que hace brotar la compasión y, aunque pareciese paradójico, por la valentía -tal vez temeridad-, ya que al mostrarse tanto, poco conserva para sí misma. Quizás haya en todo ello un ejercicio de terapia, como la propia Emin señala respecto a las labores para sus colchas con aplicaciones y bordados, que contienen algo de terapia, de paz y comunión consigo misma. No en vano, la instalación Exorcism of the last painting I ever made (1996) es una suerte de catarsis, la vuelta a la pintura que se produce tras el trauma de su primer aborto (1990); para superarlo se encerraría en una galería hasta conseguir volver a pintar. Sin embargo, el tono general que emplea Emin no está exento de cierta expiación, de una violencia procaz y una frialdad tendentes en ciertos casos a la objetividad en la presentación de los acontecimientos, lo que la hace huir de lo lastimero. Asimismo, consigue que el espectador no juegue el papel de 'voyeur' que cabría suponerle ante tal manifestación de aspectos íntimos volcados principalmente al sexo, sino otro bien distinto que elude la delectación o el simple placer.

Al estar la obra de Emin tan intrincada con su vida, con la complejidad de la misma, cincelada con sus recuerdos, con su dolor, con las ansiedades y los traumas, la artista emplea para expresarla los materiales y medios más diversos (dibujo, vídeo, escultura, instalación, pintura, neón, fotografía, escritura o bordado). Tiene Emin la virtud de convertir los materiales, los lenguajes y todos los elementos en excusas para el proyecto, en verdaderos medios a su servicio de los que extrae todo su potencial. Sus monotipos y los Objetos de interés son paradigmáticos; los primeros, tanto por su trazo expresionista como por su inmediatez y ausencia de retórica, se cargan de sentido, evocación y elocuencia para explicar de un modo descarnado su adolescencia, su entrega al sexo o los momentos más duros; los objetos de interés, por su parte, son la suma de elementos dispares alrededor de algún particular que ayudan a comprender su vida y la importancia de los acontecimientos o personas que los motivan.

Emin, al sumergirnos en los dramáticos hitos de su vida -por momentos hegemónicos como es el caso del aborto y la maternidad frustrada-, aborda cuestiones trascendentales como la violencia, la muerte, o el sexo, al tiempo que transita por discursos fundamentales del arte último como la identidad, el género o el cuerpo. Además, se ha constituido como una figura que ha actualizado y redimensionado ciertas prácticas, como las labores, recuperadas de autoras como Louise Burgueois y proyectadas a artistas más jóvenes como Beth Moises, Sandra Vivas o Nieves Galiot.

Pero la artista británica deja hueco para lo entrañable, como algunos de los Objetos de interés que dedica a su abuela o la instalación dedicada al padre, de una ternura inédita en el conjunto de lo expuesto. Enfrentada a ésta encontramos algunas de las piezas más sobrecogedoras: un metafórico autorretrato al modo de una bañera de estaño con bambú seco, neón y alambre de espino, desasosegante visión propia; o la no menos metafórica No es la forma en la que quiero morir, una desvencijada montaña rusa que alude a Margate tanto como a su desigual vida emocional; o las obras de la serie Sintiéndome embazada, siniestros zapatos de bebé, barrigas postizas, ropas premamá y ambiguos relatos en torno al miedo y la esperanza por el embarazo y el drama y la necesaria liberación por el aborto.

De todo obtenemos una tremenda e inusitada capacidad para lograr conmovernos y hacer nacer la empatía, porque, al fin y al cabo, también nuestras vidas se componen, en distinto grado y variabilidad, de los deseos y miedos que acechan a Emin.

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios