Los panes y los peces

La ilusión de lo simple

  • Apuntes a ‘Putin, de espía a presidente’, documental en tres capítulos producido por la BBC que emite Movistar + y que advierte de la larga guerra mundial dispuesta a desarrollarse en las redes

Una imagen promocional de la serie documental ‘Putin, de espía a presidente’. Una imagen promocional de la serie documental ‘Putin, de espía a presidente’.

Una imagen promocional de la serie documental ‘Putin, de espía a presidente’. / BBC

La nieve -cuya pureza, según Goethe, es engañosa- sepultaba gran parte del país mientras los medios de comunicación de casi todo el mundo cubrían y analizaban con detalle el asalto al Capitolio de Washington promovido por el presidente Trump. Las imágenes de aquella turbamulta de iluminados, radicales y simplones que actuaban con el convencimiento de ser víctimas de la conspiración y héroes de la democracia se mezclaban con las de nuestras ciudades blanqueadas, con sus rasgos simplificados, domesticados, infantilizados por el efecto de la nieve.

Nos gusta la ilusión de lo simple, nos gusta descansar, a qué negarlo. A partir de cierto punto la ansiedad, la ambivalencia, la incertidumbre se vuelven insoportables. Queremos ser inocentes, sentirnos a salvo, tener una patria. Por eso, aunque la nieve traiga en realidad más quebraderos de cabeza que satisfacciones, nos dejamos llevar por su canción de cuna, por su promesa de un mundo menos matizado. Por eso también, aunque los hechos sean indiscutibles, aunque la verdad exista, nos dejamos llevar por quienes nos ofrecen realidades paralelas que nos hacen sentirnos más seguros, más listos, más capaces de dar lo mejor de nosotros, como le pasó al joven disfrazado de chamán que subió al púlpito del senado, en Washington, para tensar sus bíceps, o a la exmilitar que murió en directo, de un disparo, por estar demasiado de acuerdo con su líder y con sus propias creencias.

Quizá fue la mezcla de frío siberiano y de tragedia repetida como farsa, o la melancolía provocada por las restricciones de movilidad, el caso es que, cuando decidí tirar la tarde a los perros y ver una serie, cosa que no suelo hacer, me acabé decantando por Putin, de espía a presidente, un documental de tres capítulos producido por la BBC que emite Movistar +. En él se pasa revista a la trayectoria de Vladimir Putin, desde sus comienzos como matón de barrio reconvertido en judoca y su fascinación, de adolescente, por el James Bond de la cultura pop soviética -el espía Stierlitz- que lo llevó a querer convertirse en agente del KGB, hasta los envenenamientos y asesinatos de los opositores políticos y algunos otros asuntos no menos escalofriantes, como la posible implicación de él mismo y su gobierno en los atentados que justificaron la invasión de Chechenia, perpetrados para aglutinar al país y distraer a sus ciudadanos de la miseria y la desesperación.

Aunque la verdad exista, nos dejamos llevar por quienes nos ofrecen realidades paralelas

Mentiras, manipulaciones, chivos expiatorios, asesinatos; nada nuevo bajo la nieve, solo un modo acorde con los tiempos, desideologizado, de ejercer la tiranía, una adaptación mafiosa del autoritarismo neoliberal chino -el famoso “un país, dos sistemas”- y una conciencia muy clara de formar parte de un orden mundial emergente capitaneado por las potencias asiáticas. Putin, quizá porque se formó en los sótanos del KGB y su país no tiene poder suficiente para librar una guerra comercial, prefiere la desinformación. Un ejército de piratas informáticos rusos trabaja las veinticuatro horas del día para desestabilizar a occidente -el gran enemigo del orgullo patrio-, influir en sus procesos electorales, inflamar sus cánceres nacionalistas y capitalizar el descontento de todos aquellos que no se sienten representados, o que se sienten directamente traicionados, por sus partidos de siempre.

Como sus epígonos europeos y asiáticos -Erdogan, Orban, Duterte-, Putin y Trump pueden parecer a veces parodias de los sanguinarios dictadores de otros tiempos, pero lo cierto es que representan una seria amenaza de muerte para el sistema democrático liberal y una garantía de fracaso ante los desafíos que la humanidad afronta como especie. Los dos encarnan a la perfección -o hacen creer que encarnan- valores arraigados en la historia de sus respectivas naciones -el ruso, la querencia rusa por el orden y la nostalgia imperialista; el estadounidense, el sueño de un país libre de razas inferiores, de inmigrantes y de castas-. Los dos, como todos los populistas -incluidos los españoles- ofrecen un consuelo, un refugio ante la disolución de los vínculos comunitarios, ante los efectos psicológicos de la globalización, y satisfacen nuestra necesidad de esquematizar el mundo, nuestro oculto deseo de que nos adiestren y de dar vía libre a nuestros temores y frustraciones proyectándolos en enemigos fantasmáticos.

El asalto al Capitolio y los tejemanejes del Kremlin no son la culminación de un proceso, sino el principio de una larga guerra mundial que se librará, sobre todo, en la red. Esa es, a grandes rasgos, la advertencia que se nos hace en Putin, de espía a presidente. Por eso, cuanto más se diluyen las fronteras entre ficción y realidad, cuanto más se transforman las teorías de la conspiración, las noticias falsas y los hechos alternativos en auténticas armas de destrucción masiva, más obligados estamos, en nombre de lo poco bueno que hemos conseguido, a aprender a vivir con la duda, con la incertidumbre, con la intemperie; a no aceptar la manzana envenenada que nos ofrecen los demagogos y los narcisistas, pese a lo mucho que nos gustaría hacerlo, en ocasiones, pese a lo mucho que nos gustaría, en ocasiones, volver a identificarnos con la tierra, volver a tener un padre, una gran familia y hasta un dios.

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