Cultura

La poesía nace en el vacío

En este principio de siglo, cuando el arte atraviesa la crisis ética y estética más grave de su historia, la literatura confunde el realismo con la muerte de la imaginación y la música se mantiene encadenada a una industria que ha terminado devorándose a sí misma, el aprendizaje de la belleza constituye no ya una utopía, sino una materia digna del sueño. Y, ciertamente, como enseñaron los clásicos, la belleza no se busca ni se encuentra, ni se da ni se recibe: se enseña y se aprende mediante procedimientos que requieren su tiempo, porque la sensibilidad humana presenta, a la hora de ser esculpida, más resistencia que la roca. Por eso hay que alegrarse por la representación en Málaga de Operation: Orfeo, aunque sea tan rematadamente tarde (hay tantas cosas que nunca veremos): porque el aprendizaje que propone sobre la belleza es directo y preciso. Un regalo para los sentidos, que son la puerta del corazón.

Los daneses de Hotel Pro Forma han optado por contar el mito de Orfeo y Eurídice (a su vez instrumento clave para comprender el origen del mundo) en una puesta en escena que hace permanente referencia al vacío. El primer modelo que se me viene a la cabeza para establecer una comparación es el prólogo del Evangelio de San Juan: la palabra nace en la nada, la contiene y es contenida por ella, y desde esta nada es capaz de crear. Por eso surge y a la vez vive desde siempre. En este caso, sin embargo, la acción poética del logos no viene tanto determinada por la palabra (a pesar de la hermosura del libreto) sino por la música, detalle que habría hecho las delicias de Nietzsche. Mediante los arreglos de Bo Holten, los pasajes de John Cage y los fragmentos del Orfeo y Eurídice de Gluck parecen más deconstruidos que construidos, como cascotes empleados en la composición del mito. Es la nota musical, ya sea mediante el dodecafonismo o la armonía clásica, la que sostiene el difícil equilibrio entre ser y no ser, entre la realidad y la nada, la extinción y la posteridad. Con una sutilidad asombrosa, la música permite el aprendizaje de la belleza desde el esfuerzo, como corresponde: el montaje requiere la complicidad del espectador en todos sus límites. O entras, o te vas.

Además de la música, la escenografía presenta una arquitectura destilada y austera, sometida a la verticalidad de la narración del descenso de Orfeo a los infiernos para el rescate de Eurídice. Por el espacio escalonado y sobriamente delimitado, los cantantes se disponen una coreografía repleta de momentos significativos, con recursos efímeros que inspiran ambientes de una religiosidad similar a la de los derviches turcos. El final, con el mar metido en el Teatro Cervantes, es de una tensión estremecedora. Pero, a la vez, es casi nada, y por esto Operation: Orfeo desciende a la médulas de las emociones. Ópera o teatro, no importa: es una oportunidad a la belleza. Y menuda.

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