Libros

El porvenir que no llega

  • La segunda novela de Fernando San Basilio confirma la apuesta personalísima del autor por una literatura estimulante, apegada a la realidad y de paradójico aire festivo

Miembro de la redacción fundacional de Diario de Sevilla por la época en que nada hacía pensar que el viejo paradigma del periodismo no fuera a durar mil años, Fernando San Basilio (Madrid, 1970) publicó su primera novela algún tiempo después, en 2006, una estupenda primera novela donde mostraba un estilo muy personal que sorprendía por su naturalidad y desparpajo, por su refinada ironía y por su voluntad desmitificadora. Publicada también por Caballo de Troya, esta segunda novela tiene bastantes elementos en común con Curso de librería: una cita preliminar de Mark Twain, un narrador en primera persona, un discurso que celebra la vida depauperada pero razonablemente llevadera de los ociosos sin complejo de culpa. También la geografía de Madrid, el tono desenfadado y, sobre todo, el humor, que es lo único que nos queda cuando todo alrededor se desmorona.

El protagonista de Mi gran novela sobre La Vaguada busca ocupaciones que nunca o apenas llega a ejercer, llevado de una curiosidad infinita por los más variados oficios: guionista de cómic, redactor de un programa televisivo de cocina o corrector de un periódico gratuito, entre otros. Tiene un sueño, escribir la gran novela, una "novela cosmos" sobre el centro comercial La Vaguada, al que su fantasía otorga una cualidad casi mítica. Pero en última instancia su interés se centra en los pequeños placeres de la gente para la que los horarios interminables del trabajo, de cualquier trabajo, no sólo no implican un camino de realización personal, sino que se presentan como el principal obstáculo para la felicidad, una felicidad de dimensiones modestas que se opone a las ambiciones de los adictos a la maldición bíblica. Esos pequeños placeres son las cervezas a final de la jornada, los minuciosos paseos sin rumbo, los viajes sucesivos en el metro, las pelis baratas de la Filmoteca o los libros fatigados de las bibliotecas públicas. Si Curso de librería nos introducía en el inframundo de los cursos para desempleados, donde recalan los supervivientes de todos los naufragios, esta novela contiene detalles preciosos sobre la economía de supervivencia, practicada por treintañeros a la deriva que van tirando como pueden de mudanza en mudanza, con los gastos compartidos y los euros contados, mientras esperan el porvenir que no llega.

La voz del narrador es el gran hallazgo de la novela. Su ironía, nada maliciosa, corre pareja a su encantadora ingenuidad y a un fondo de optimismo que lleva al protagonista a enfrentar los reveses sin abandonarse a la queja ni caer en el resentimiento. Es una voz afilada pero nada reivindicativa que caricaturiza pilares sagrados de nuestra sociedad como la tan aplaudida vocación emprendedora, ese novísimo eufemismo con el que nos castigan a diario los autores de artículos sobre el modo de aprovechar las oportunidades en tiempos de crisis. Es también una voz compasiva que jamás condesciende al sarcasmo.

Una lectura superficial podría hacer pensar que Mi gran novela... es una novela ligera, con escenas o gags ingeniosos pero más propios de una buena teleserie que de una obra literaria de calado. No es así. Bajo su apariencia casual, estas páginas contienen a la vez un ácido retrato costumbrista, una parodia de las novelas de formación y una burla apenas encubierta de los argumentos metaliterarios a la moda. Acogido a un discurso desacralizador y absolutamente saludable frente a todos los tópicos que rodean a la literatura, San Basilio se burla asimismo de los enrollados con planta de marihuana, de los musicólogos de gustos perfectamente definidos o de los enterados de cualquier especie. Su personaje representa la resignada grandeza de los soñadores que muestran la lucidez suficiente para reconocer los contornos de su derrota, sin que ésta les haga renunciar a una actitud de maravillosa indolencia que tiene la virtud de conservar el ánimo alegre.

Compartiendo el tono moderadamente disolvente y el retrato hasta cierto punto generacional de su novela anterior, esta segunda tal vez se muestre más deshilvanada, con personajes menos acabados o más episódicos, como si la idea de conjunto no hubiera llegado a cuajar en un relato articulado. Lo que queda claro, tras la lectura de ambas, es que San Basilio es un narrador de excelentes cualidades o como antes se decía de raza, con un oído finísimo para captar los registros coloquiales y un sentido del humor que resulta especialmente regocijante en un paisaje literario como el nuestro, donde tantos autores, incluso los más primerizos, se abonan a la solemnidad en cuanto rellenan tres folios. De momento, ha sido capaz de crear un estilo personal y perfectamente reconocible, prueba del nueve de los escritores genuinos. Pero cabe esperar más o eso pensamos. Entre tanto, merece la pena leer esta novela divertida, inteligente y desprejuiciada que habla de cosas que no suelen salir en las novelas.

Fernando San Basilio. Caballo de Troya. Barcelona, 2010. 136 páginas. 12,90 euros.

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