Cultura

Lo que se es y lo que se pretende

Conviene comenzar esta crítica confesando que no vi el montaje anterior de El Rey de Algeciras, producido hace unos años también por el Centro Andaluz de Teatro (CAT). Sirva el apunte para dejar bien claro que, por tanto, nada de lo que escribiré a continuación tiene ánimo comparativo alguno con respecto a aquella primera versión. La primera impresión que se percibe ante la nueva representación es la de un trabajo bien hecho: Julio Fraga, creador indispensable del panorama escénico andaluz actual, ha vuelto a dejar con fortuna e inteligencia su huella más representativa, la que delata un proceso desarrollado no sólo con actores, sino desde y hacia los mismos, con el material humano empleado tanto en su virtud de fin como en la de medio. En consonancia, el reparto encierra hallazgos considerables, especialmente un pletórico Miguel Zurita y un efectivo Manuel Monteagudo, que resuelve su papel cómico con una práctica del oficio próximo a la artesanía, pródigo en detalles. Aunque el aporte interpretativo no presenta en su conjunto el equilibrio deseado (Aníbal Soto como guardia civil y Olga Salut como prostituta destilan demasiadas imágenes previas y tópicas en sus construcciones, por lo que niegan al espectador la posibilidad de sorprenderse), los momentos individuales más brillantes dejan un regusto suficiente para dar por bueno el resultado. La escenografía llega a entorpecer más que a clarificar, aunque seguramente las pequeñas dimensiones del Cánovas tendrán parte de la culpa. Es, finalmente, en la música donde se encuentran los pasajes más lamentables, con una desconexión evidente entre la acción y lo que las melodías enlatadas sugieren. A pesar de los peros, no obstante, e insisto, el balance inmediato es en general de un trabajo bien hecho; lo suficiente, al menos, para justificar la inversión y el esfuerzo.

El problema es que, en teatro, el trabajo bien hecho no es suficiente. Tanto o más peso tiene en la conciencia del espectador, según enseñó Shakespeare, lo que se es y lo que no se es, y también lo que se pretende ser. Y, en este sentido, el peor enemigo de El Rey de Algeciras es la propia obra: el premiado texto pretende ser una reflexión sobre los agentes que forman parte del fenómeno de la inmigración ilegal, con mucho conocimiento de campo puesto en la práctica escénica. Pero la pieza no cuenta nada que no se sepa, sólo ahonda en determinados elementos como la corrupción y las tormentas domésticas. No obstante, más allá de esto, El Rey de Algeciras pretende ser una obra profunda, que cala en la naturaleza de lo que cuenta, cuando en realidad se trata más bien de una mera exposición de sucesos sin fondo alguno. Falta una motivación teatral: si la intención del CAT y del autor era sólo mostrar la realidad sobre la inmigración, un ciclo de conferencias habría resultado menos costoso y posiblemente más efectivo. Pero el teatro es otra cosa.

Para decirlo directamente, a El Rey de Algeciras le falta imaginación. Imaginación no sólo para plantear situaciones, ni siquiera para resolverlas, sino también para proporcionar al espectador una experiencia teatral per se. El único recurso al respecto es la contraposición de dos historias, una cómica y otra trágica, cuya pretendida unidad fracasa notablemente. Donde mejor se percibe que esta obra se mueve más en el vacío que en una verdad dramática sólida es en los personajes. En realidad, éstos pretenden serlo, pero tampoco llegan a ser tales: más bien son representaciones humanas a las que les ocurren cosas. Su definición, a menudo, depende más de los estereotipos necesarios para sostener la trama que de una determinada aspiración humana. Nada remite a nada. Y sin rito no hay teatro.

Lo que sí resulta incomprensible es que el CAT haya optado por reponer El Rey de Algeciras para celebrar sus 20 años. La crisis no lo justifica todo. Precisamente es en estos trances cuando hay que declarar las intenciones. Ahora o nunca.

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