Cultura

Ni la realidad ni el cine

Drama, España, 2010, 103 min. Dirección: Icíar Bollaín. Guión: Paul Laverty. Fotografía: Álex Catalán. Música: Alberto Iglesias. Intérpretes: Luis Tosar, Gael García Bernal, Karra Elejalde, Raúl Arévalo, Carlos Santos, Juan Carlos Aduviri. Cines: Alameda, Vialia, Málaga Nostrum, Plaza Mayor, Rincón de la Victoria, Miramar y El Ingenio.

La quinta película de Icíar Bollaín pretende situar en su epicentro, contagiando todo su metraje, el debate entre el cine y la realidad. De un lado, un equipo de cine llega a la ciudad de Cochabamba (Bolivia) con la intención de rodar una película sobre la conquista española de América. Afloran en él ciertos estereotipos de la profesión tratados con apariencia realista: el joven director ambicioso (García Bernal), el productor sin demasiados escrúpulos (Tosar), la estrella amargada y solitaria (Elejalde). De otro, los lugareños de los barrios más pobres de la ciudad, muchos de ellos aspirantes a actores ocasiones o extras de la película, luchan por el derecho al agua contra las instituciones locales que pretenden privatizar su servicio.

El guión de Paul Laverty, colaborador habitual del último Ken Loach, engarza ambas historias a partir de didácticos paralelismos que hacen resonar el pasado en el presente con tanta obviedad como poca sutileza. Se trata, por supuesto, de subrayar los pecados de una herencia histórica que sigue sometiendo a los más desfavorecidos en la hoguera o a punta de pistola, de reivindicar una ética de la resistencia que no se le escape al más despistado de los espectadores.

Por el camino, algunos leves apuntes, en cualquier caso siempre complacientes, sobre la mezquindad y los peajes de la profesión cinematográfica: que si todo pasa por ahorrarse unos euros, que si todo son choques de egos y vanidades, que si todo es un circo descontrolado que necesita sus domadores, que si todo, al fin y al cabo, merece la pena por sacar adelante el proyecto.

Apenas un par de secuencias se atreven a cruzar el espejo de los dos tiempos y frentes del filme, secuencias que nos sirven de paso para comprobar el buen estado de forma que atraviesa un Karra Elejalde cuyo personaje será pronto abandonado por el protagonismo dual y mucho más glamouroso entre el productor Tosar y el director García Bernal y sus respectivas tomas de conciencia (que serán las nuestras), que es de lo que se trata. Mientras tanto, los indígenas hablan en voz baja, casi exclusivamente a través de su líder, desde el no menos estereotipado rincón de la dignidad y la lucha contra siglos de opresión y engaños, desde el buenismo de la mala conciencia que los escribe.

Más allá de esos momentos contados de espejismo y cine dentro del cine, También la lluvia, con su pulcro acabado para el mercado internacional (va a los Oscars), con su despliegue de espectacularidad para las recreaciones históricas y las batallas callejeras del presente, no se aparta ni un ápice del trazado con GPS de su guión. O lo que es lo mismo, asume sin distancia ni posibilidad de reflexión algunas la ingenuidad realista, el maniqueísmo de aire progre y concienciado y la simpleza didáctica de un relato político al que le falta mucha respiración propia para no parecer un sermón en el que la autoinculpación y la autocrítica resulten sinceros y creíbles.

En última instancia, o tal vez en todo momento, entre la realidad y el cine, Bollaín parece seguir apostando por el cine, caiga quien caiga. Aunque la película, por supuesto, era otra: esa que nadie le deja rodar a la ayudante que está haciendo el making of.

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