Cultura

Dos sensibilidades, éxito común

  • El segundo concierto de la actual temporada se saldó con dos luces que brillaron con luz propia · Una velada destacable protagonizada por Diana Pérez y Asier Polo

Ceccato fue el introductor del segundo concierto de la temporada 2008/2009. Sus palabras se convirtieron en una exaltación de la propuesta que desde el año pasado concibió la Orquesta Filarmónica de Málaga (OFM) en relación a realizar obras de encargo a los compositores más relevantes de nuestra ciudad. Fruto de ello, la malagueña de adopción Diana Pérez nos mostró su obra como resultado de una aventura personal en su incursión en lo sinfónico, en sus propias palabras al inicio de la velada. Un producto muy cercano a la perspectiva de su estilo compositivo, próximo a lo audiovisual, pero que se tradujo en una excelente visión psicológica del compositor ruso. En definitiva, una partitura que se transforma en una invitación a sumergirnos en la profundidad latente y sensible de Tchaikovsky que, bajo la máscara de sus propios terrores personales, deja traslucir sus más sinceras y emotivas ilusiones de vida.

Tras ese momento evocador que consiguió la autora de El lago durmiente con la simple reproducción del instante inicial de la conocida pieza de ballet, el concierto de anoche dio paso al regreso de Asier Polo al Cervantes.

El violonchelista bilbaíno siempre deslumbra y una vez más lo consiguió. Lo cierto es que, pese a las críticas que pueden conllevar el presentar los ciclos monográficos, es indudable que el presente de Tchaikovsky está trayendo a la escena piezas no tan interpretadas y conocidas. Algo de esto le sucede a las Variaciones rococó para violonchelo y orquesta, op. 33 y que Polo manejó a la perfección. Su interpretación no sólo mostró las portentosas cualidades técnicas basadas en un estilo depurado y siempre próximo al más noble lirismo, sino que también nos hicieron partícipe de un claro dominio del propio sentido de la partitura. Desde la limpieza y el toque cercano a la pulsación barroca de la primera variación, pasando por la calidad sonora en los registros agudos de la tercera, para concluir con una soberbia variación octava intimista y vibrante. Un absoluto placer para nuestro oídos combinado con el Preludio de la Suite nº 2 para violonchelo de Bach que nos ofreció como bis.

Terminó el concierto con una solvente interpretación de la cuarta sinfonía de Tchaikovsky. Una obra que inicia la verdadera madurez del artista y que Ceccato desglosó de memoria. Pese a ligeros titubeos en las trompas, la sabia modulación de la batuta en el segundo tiempo combinó a la perfección con la calidad sonora del oboe y el fagot solista.

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