Cultura

A teatro muerto, futuro enterrado

Comentaba ayer minutos antes de la representación en el Cánovas un vecino de butaca, en tono jocoso, que la programación de una obra como En el monte del olvido encajaría mejor en cuaresma que en pleno carnaval. Lo curioso, ahora que mientras escribo estas líneas toca reflexionar sobre lo ya visto, es que en el montaje hay algo de juego de disfraces, como lo puede haber en cualquier teatro: el drama reinventa la realidad y en sí también es la realidad. Por eso los antiguos griegos no hacían distinción entre los términos persona y personaje: ambos significaban lo mismo. El caso es que la última obra del maestro Alfonso Zurro constituye, entre otras cosas, una profunda reflexión sobre el teatro, sobre su sentido en una época histórica marcada por el fracaso de la inocencia. ¿De qué sirve la representación de los miedos, las esperanzas, las verdades y las mentiras si en un anuncio de televisión una chica comienza a tirarse pedos en un ascensor y en el siguiente un tipo vomita con pelos y señales en una cocina, todo a la hora del almuerzo? Los dos crucificados de En el monte del olvido son también dos actores, pero esto no importa, porque tanto en un caso como en el otro carecen de futuro. La historia ha elegido por ellos, y la única opción es clara: la muerte.

Zurro, que vuelve a mostrar (también como autor) una sabiduría impropia de este tiempo, presenta también un espectáculo sobre la fe. Y crea, de nuevo, un sorprendente paralelismo entre ésta y el teatro al cuestionar su utilidad: creer en la posibilidad de una vida después de la muerte es creer en cuentos estúpidos. Como el teatro, la fe, que al fin y al cabo es otro acto poético, que no huye de la realidad sino que ansía superarla, es un hada a la que han arrancado las alas. El dramaturgo levanta así una defensa apasionada de la dimensión platónica del ser humano y a la vez la critica sin contemplaciones. Hay una cierta libertad conferida al espectador para que escoja. Pero también una cuarta pared, un determinado anhelo histórico. El resultado es un interrogante enorme que se lanza al público (ayer escaso, tan irónicamente) y se recoge de vuelta, como sin esperar una respuesta. Un teatro porque sí, sin más causas ni más efectos.

Además de la evidente invocación a Beckett, presente no tanto por la fácil comparación con Esperando a Godot sino por el recurso a un humor extraño hecho de amargura y vacío, Zurro ha volcado en En el monte del olvido buena parte de sus personales obsesiones escénicas. Valle-Inclán sobrevuela la escena durante toda la función, especialmente desde la aparición de la actriz, cuyo hijo muerto llevado en un bolso remite directamente a Tirano Banderas. Se respira también una importante presencia del Siglo de Oro español, del Barroco más heterodoxo, del que propugnó el misterio del hombre a pesar de la complejidad de las formas, del que se traicionó a sí mismo. En esencia, Zurro ha regalado un espejo duro pero necesario.

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