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Un premio muy repartido

  • Tribuna del profesor titular de Historia Contemporánea de la Universidad de Málaga, Fernando Arcas Cubero, sobre 'Retaguardia roja', el libro de Fernando del Rey reconocido con el Premio Nacional de Historia 2020

Una imagen recogida en 'Retaguardia roja', el libro de Fernando del Rey. Una imagen recogida en 'Retaguardia roja', el libro de Fernando del Rey.

Una imagen recogida en 'Retaguardia roja', el libro de Fernando del Rey. / Galaxia Gutenberg

EL Nacional de Historia de este año Retaguardia roja de Fernando del Rey–, es, metafóricamente hablando, un premio en realidad muy repartido. Porque se trata de lo que el autor califica de un estudio micro, al ceñirse a la provincia de Ciudad Real, escogida como modelo de espacio bajo el control del gobierno republicano durante la Guerra Civil. Y porque el magnífico estudio, premiado por un jurado indiscutible, viene indirectamente a reconocer una larga, fructífera y enriquecedora corriente historiográfica española de estudios provinciales, nacidos prácticamente en los años finales del franquismo y tras la llegada de la democracia a nuestro país.

Aunque muchos de estos estudios aparezcan citados en las notas al pie, o en las bibliografías de las obras históricas de síntesis -regionales o nacionales-, las últimas tendencias, entre ellas a escribir sin referencias, han venido a oscurecerlas, cuando no a menospreciarlas. Quizá el mejor reconocimiento sea el que hizo Paul Preston en su Holocausto español, a tantos historiadores e historiadoras españoles sin las que no se podía explicar las suyas.

Este premio de Fernando del Rey pone las cosas un poco más en su sitio. Sin que pueda obviarse el papel de las síntesis, ni el uso inteligente de la bibliografía histórica o las fuentes más generales de todo tipo, creo que la recuperación de una historiografía renovada en temas, en fuentes, en enfoques e incluso en narrativa, durante la Transición democrática española hasta la actualidad, debe mucho a los trabajos de historia provincial que protagonizaron tesis doctorales universitarias españolas de provincias, y que viajaron en el equipaje de los tribunales a las grandes universidades para enriquecer y alumbrar las síntesis que empezaban a escribirse. Podemos hablar, incluso, de una historia federal porque estas investigaciones también se pueden inscribir bajo el marchamo de historias regionales o nacionales, acompañadas de la creación de asignaturas de historia de las autonomías en las Universidades españolas.

La obra premiada viene a reconocer una larga corriente historiográfica de estudios provinciales

Que después de cuarenta años un premio nacional reconozca el marco, el tema, y la metodología de aquel gran movimiento de la investigación, cuyos protagonistas están aún en activo, son en su mayoría catedráticos y titulares de Universidad o Escuelas, o son eméritos o jubilados muy recientes, viene a corregir en cierta manera una injusticia.

Quizá venga bien recordar el argumento de Raymond Carr, de la persistencia en la Historia Contemporánea de España de lo local o provincial, como una característica de la que, pese al paso del tiempo y al Estado de las Autonomías, no hemos podido desprendernos del todo. Lo que él llamaba un federalismo espontáneo. Podemos denominarla “microhistoria”, pero, en el fondo, se trata de lo mismo: escribir historia pegada al territorio no tiene porqué ser sinónimo de localismo, provincianismo, o erudición. Sino otra forma más de afrontar el estudio de la Historia Contemporánea, otra manera incluso de comprender mejor la historia de España y la Historia Universal.

Todo eso deja su impronta en este exhaustivo estudio de Historia: el autor, o el editor, ha obviado poner en su título Ciudad Real, el ámbito de su investigación. Porque, en definitiva, ha hecho lo que se mencionaba antes: historia de España, historia Universal contemporánea. Como creo que se hizo, sin los complejos que luego vinieron, en la Transición y en la primera etapa de la democracia.

La pérdida apreciable de peso de la historia contemporánea en la cultura actual, ¿no será fruto quizá de ese vacío, del prejuicio sobre lo micro, sobre lo local? El fenómeno paralelo de sustituir la historia por la ficción histórica, que se ha impuesto en miles de lectores -cuando la buena historia, como ha escrito Juan Pablo Fusi, es la mejor manera de acercarse al pasado-, ¿no es sospechoso que haya coincidido con esta pérdida de relevancia de la investigación sobre entornos cercanos?.

Quizá habría que moderar algo las directrices del doctorado, y del curriculum académico, y, al menos, no penalizar historias como la que acaba de ser premiada con categoría de premio nacional y, por tanto, con una alto valor simbólico. Revisar las normativas, que parecen querer que los aspirantes sean historiadores internacionales y con obra publicada antes de entrar a fondo en las fuentes, y de recibir la orientación imprescindible de sus maestros. Porque esa es otra: el amanecer de una historiografía espléndida y brillante en los años 80 y 90 se debió también a la figura de un magisterio, eficaz en sus funciones sin este barullo paralizante de una burocracia que se apoderó hace ya demasiado tiempo de la vida universitaria.

Y, finalmente, este ha sido un premio muy repartido también por sus contenidos: el uso de la historia oral, la existencia de una represión republicana en la Guerra Civil, y de auténticos “matarifes” (como les llaman el escritor Antonio Soler y el autor) entre sus filas, o la de un humanitarismo y compasión por el enemigo próximo, ocultos hasta ahora, tanto entre republicanos como franquistas. También en esto el premio corrige un cierto olvido, porque en aquellas historias locales de los 80, todos esos temas aparecían ya, con gran valentía. Y, todo hay que decirlo, se encontraban presentes en las propias crónicas de la retaguardia, como en el espléndido libro de Gamel Woolsey sobre Málaga, El otro reino de la muerte.

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