Cultura

Una voz que busca lo más profundo

  • Antony and the Johnsons justifica los cuatro años de espera tras 'I'm a bird now' con una nueva demostración de talento

The crying light (Secretly Canadian, 2009) da motivos para confiar en Antony and the Johnsons, porque superar el miedo a las expectativas creadas por el éxito tranquilo de I'm a bird now (2005), el disco que situó a Antony bajo todos los focos, y hacerlo con tan buen disco como éste no era tarea fácil.

Cuatro años después, todo se ha vuelto aún más suave, no tan pop ni accesible, y mucho más elegante y profundo. The crying light vence y convence con calma, con una voz nada histriónica, sin excesos, con pianos delicados, cuerdas apenas acariciadas y unos arreglos que apenas se intuyen.

Lejos del espíritu animado y bailable de su colaboración con Hercules and Love Affair, el nuevo repertorio de Antony sigue moviéndose entre silencios y claroscuros. La ausencia de hitazos -en I'm a bird now los había, aunque fuesen melacólicos- puede que juegue en su contra para volver a copar las listas de reproducción de los ipods de muchos de sus fans, pero basta con darle un par de oportunidades para entender maravillas como Aeon o One dove. Hegarty ha sido muy valiente al no querer repetir jugada para, así, continuar con total libertad un crecimiento artístico que ofrece un universo personal que no es autista sino universal, que trasciende géneros y que conjuga verdad con poesía.

El pop de cámara venía siendo últimamente un género algo soso y predecible, de delicadeza Ikea, pero The crying light, valiente y esforzado, salva su crédito y credibilidad.

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