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A vueltas con la Historia

  • José María Merino recorre con melancolía y espanto la perniciosa costumbre española -universal- de liquidar al vecino, la humana propensión a la barbarie

Probablemente fuera en la Guerra de la Independencia, y no en la Guerra Civil, donde comienza el mito de las dos Españas. Así, sobre el enigma histórico de Sánchez-Albornoz, se sobrepone esta vieja hendidura de afrancesados y patriotas sacándose las tripas sobre el inmenso páramo de España. No en vano, los versos de Machado: "Españolito que vienes/ al mundo, te guarde Dios./ Una de las dos Españas/ ha de helarte el corazón", están escritos veinte años antes de la asonada del 36, y algunas décadas después de las dos guerras carlistas que asolaron el norte. Quiero significar con esto que la tesis del cainismo atávico, de la amarga visceralidad española, tiene hechos sobrados en los que fundamentarse, y es especie común esta fascinación sobre el destino aciago, milenario, crepuscular, que parece pesar sobre los habitantes de la antigua Hispania.

Algo de esto hay en la última novela de José María Merino. Algo de esta melancolía nacida de lo irremediable, y que contempla como repetición, como sangriento calco, cada uno de los avatares bélicos que han urdido la milenaria trama, la azarosa y delicada trama de España. En La sima, un hombre joven vuelve al pueblo de su infancia para estudiar, ya como historiador, la veracidad de un hecho en la que tuvo parte principal su abuelo: la ejecución de hombres jóvenes durante la Guerra Civil, y la inmediata precipitación de los cuerpos a una sima cercana al pueblo. Este es el eje crucial de la novela, y la ocasión para recorrer, con melancolía y espanto (el protagonista está haciendo la tesis sobre las guerras carlistas), la perniciosa costumbre española de liquidar al vecino. ¿Española hemos dicho? La reciente historia de Europa, la crónica del mundo desde Caín a nuestros días, no permite atribuirnos como propio lo que no es más que humana propensión a la barbarie. Si a las simas de aquellas guerras sucesorias, cuyo espanto narró Concepción Arenal, el 36 vino a añadirle otras nuevas; si a la brutalidad del cura Santa Cruz vino a sumarse el sacrificio de una generación nacida con el XX, no es menos cierto que la perfidia de los hombres llegaría a un culmen nunca visto en la II Guerra Mundial y sus atroces prolegómenos. Así, sorprende que el protagonista de La sima, a pesar de sus conocimientos históricos, interprete como maldición, como fatum, como invariante patrio, unos sucesos que, no por dolorosos y feroces, dejan de tener origen diferente. De igual forma, no parece muy exacto atribuir cierto encono guerracivilista a un sector de la prensa actual, cuando resulta obvio que, por fortuna, la España que hoy disfrutamos (crisis incluida), es completamente diferente de aquella España del 36, cuya desigualdad, cuya escasez, cuya infamante miseria, agravada por el gigantesco crack del 29, devino en criminal catástrofe de largo influjo. Lo queramos o no, la Guerra Civil ya queda lejos; y prueba de ello quizá sea la Ley de la Memoria Histórica. Que se sepa, nadie se ha echado al monte para vindicar lo suyo, o para impedir el conocimiento de aquellos sucesos (muchos de los cuales, por otra parte, están en los libros de Historia desde hace, al menos, cuarenta años). En definitiva, no ha habido ningún acto de violencia por rememorar nuestro pasado aciago. Lo que queda, tal vez, es un vago resquemor y un poso de amargura; amargura y resquemor que, probablemente, morirán con nosotros, pues el tiempo lo devora todo, y la guerra de nuestros abuelos, hoy tan presente, en breve será otra remota guerra, una guerra más, de las muchas que suscitaron nuestros ancestros.

Novela melancólica y algo deshilvanada, en La sima se hace recapitulación sumaria de una parte del XIX y el XX. Siglos ambos en los que España conoció la libertad y el infortunio, y en los que el tan traído odio celtibérico tuvo también sus ratos de vivaqueo y esparcimiento. Entre la España del divino Argüelles y la España de Julián Besteiro, uno se queda con esta España de hoy, con viejos cantonalistas como Carod-Rovira y un magro subsidio del desempleo. Aquel país desértico de Antonio Machado: "Veréis llanuras bélicas y páramos de asceta/ -no fue por estos campos el bíblico jardín-:/ son tierras para el águila, un trozo de planeta/ por donde cruza errante la sombra de Caín", ya es irrevocablemente otro. Quizá, los únicos en mantener este concepto agónico de España, España como mito invariable, son la muchachada torpe y sediciosa, la mocedad ignara y turbulenta que se aduna en ETA.

José María Merino. Seix Barral, Barcelona, 2009. 415 páginas.

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