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Análisis

rogelio rodríguez

Espiral de hechos inconcebibles

El Gobierno afianza la España mutilada en el País Vasco y en Cataluña

Nada es normal. Casi todo es desmesura. En salud, el coronavirus; en economía, depresión y en política estafa, abuso, deslealtad y provocación. La ineficacia es ya un pecado menor. El Gobierno afianza la España mutilada en el País Vasco y en Cataluña, donde el Estado es ya casi inexistente. Las fuerzas que gobiernan las comunidades de los privilegios robustecen su atávico afán soberanista. El nacionalismo separatista ha encontrado la mejor veta para su propósito. Ahora o tal vez nunca. Será difícil disponer de un Ejecutivo tan proclive a permitir que los miserables hechiceros secesionistas expandan desde las instituciones sus conjuros antiespañoles.

Claudica el socialismo de nuevo molde que lidera Pedro Sánchez y una pandemia de despropósitos aniquila las posibilidades del centroderecha como alternativa. Ciudadanos se difumina y lo que queda de aquel esperanzador partido de cabeza templada pide árnica al PP y el PP se deforma en ambigüedades y severas rencillas internas. Pablo Casado reivindica el centro, mientras elimina al sector marianista y recupera a veteranos aznaristas como Carlos Iturgáiz para que prendan alfileres de novia en la solapa de Santiago Abascal. Sólo Alberto Núñez Feijóo, único barón con jerarquía, impele la lógica: "Si quieren que deje de ser presidente de la Xunta, voten a Vox". Para el líder gallego, Cs es ya una entelequia y Vox una antítesis reaccionaria que anega las tierras del PP a la vez que abona los intereses del PSOE y sus socios comunistas y soberanistas.

Parece inverosímil que la llave de la gobernabilidad la tenga un político sin carnet como Oriol Junqueras, condenado y encarcelado por sedición, al que la Generalitat le acaba de conceder tres días libres a la semana para que trabaje en lo que mejor sabe hacer: alentar -y rezar- por la autodeterminación. Un tercer grado encubierto, según la Fiscalía, que figura en las concesiones del Gobierno a los republicanos de ERC a cambio de su sórdido apoyo para aprobar el talón presupuestario, presunto oxígeno para mantener viva la legislatura. Una aberración legal que alcanzará su máxima humillación con la anunciada reforma del Código Penal sólo y exclusivamente para suavizar los delitos cometidos por los dirigentes del procés.

Y qué decir, en esta espiral de hechos inconcebibles, de esa parodia que llaman Mesa de diálogo, inaugurada esta semana sin base jurídica ni marco normativo, en la que el presidente del Gobierno concede trato de jefe de Estado extranjero al bufón Quim Torra, cabeza huera de una delegación compuesta de secesionistas catalanes enfrentados entre sí. O el insólito y provocador golpe de efecto de Pedro Sánchez a las fuerzas y cuerpos de la seguridad del Estado al incorporar a su socio y vicepresidente Pablo Iglesias a la comisión delegada para Asuntos de Inteligencia. Precisamente Iglesias, dirigente que siempre exhibió su aversión a los ejércitos, que es contrario a la OTAN y a la presencia de España en misiones militares internacionales, favorable a reducir el presupuesto de Defensa y habitual amparo de la izquierda abertzale en favor de los presos de ETA.

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