El pasado domingo fallecía inesperadamente Fernando García de Cortázar y todos los que tuvimos la suerte de tratarle nos quedamos conmocionados, porque sabíamos que con él se iba uno de los imprescindibles. Cuando le conocí, allá en su Bilbao de toda la vida, él impartía clases de Historia Contemporánea en la Universidad de Deusto y ya era el profesor del claustro que más llamaba la atención, tanto por sus conocimientos, como por su personalidad. Eran los años de plomo de la capital vizcaína, aquellos a finales de la década de los setenta en que para cruzar el puente que unía el centro de la ciudad con el campus universitario había que esquivar varias barricadas todos los días sobre el puente de Deusto. La democracia llegaba, pero ETA no sólo no se iba, sino que actuaba con más saña criminal que nunca ante el estruendoso silencio de gran parte de la sociedad vasca, que ante los asesinatos miraba hacia otra parte o concluía con la vergonzosa frase de "algo habrá hecho". Pocos fueron los que alzaron la voz contra la barbarie en aquella sociedad en crisis a la que el final de su apogeo industrial y naval, se le unió el gansterismo etarra. Fernando fue uno de los primeros y lo hizo desde la cultura, contraponiendo una visión optimista de la historia, frente al oscurantismo de quienes tenían en el pasado su única hoja de ruta.

Hombre divertido, amante de las buenas conversaciones y a poder ser en torno a una buena mesa, rompía con el estereotipo de sacerdote de la época. Nunca le vi vestido como tal, siempre elegante, trajeado, con corbatas a la última, tenía muchos y abundantes amigos en los sectores más relevantes de la burguesía bilbaína. No parecía jesuita y menos en el País Vasco donde la orden se identificaba mayoritariamente con el nacionalismo vasco. Pero lo era y siempre se mantuvo fiel a su congregación, con la que vivía y compartía sus tareas docentes. Y aunque dio el salto a Madrid, donde triunfó como autor y articulista, nunca abandonó su cátedra bilbaína. Era un hombre libre, y su vitalidad, trabajo y alegría nos ayudó a muchos a enamorarnos de la vida y del país en el que habitamos.

Hace ya muchos veranos estábamos juntos en el despacho que compartíamos y ante el calor agobiante me propuso dejarlo todo e irnos a la playa. Cuando horas después flotábamos sobre las olas del Cantábrico y el sol comenzaba a hundirse en el mar, exclamó: "¡Esto es maravilloso, no entiendo como el Papa no lo ha prohibido aún!" Así era mi amigo Fernando, quizás el último anarquista fiel que he conocido.

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