Estaba en deuda con Mario Bunge por no haberlo recordado cuando murió, hace unas semanas, con 100 años cumplidos. Bunge era la referencia en metodología para los jóvenes profesores que redactábamos nuestras memorias de cátedra y veíamos en este físico, filósofo de la ciencia, un referente para el progreso de la economía. Es difícil exagerar su influencia internacional, con numerosísimas distinciones, y entre ellas el Premio Príncipe de Asturias, que España le dio en 1982.

Qué bien vendría ahora su visión de trabajar con un grado de abstracción elevado y orientado hacia hipótesis útiles. Podemos desarrollar teorías físicas, económicas, en medicina, y experimentos costosísimos para contrastarlas, pero es un esfuerzo inútil si una ciencia -que no debe perder sus cualidades de ser teórica, universal, y pura- no está comprometida socialmente, tal como Mario Bunge mantenía como científico y socialdemócrata. Decía que la física teórica no ha avanzado en décadas por la forma caprichosa en que se teoriza; pero este mismo problema se da en cómo se trata el coronavirus, pues falta un programa científico coordinado, internacional, que parta de una hipótesis distinta a la actual de un tratamiento para cada virus, y plantee una vacuna frente a cualquier virus teóricamente probable, así como paquetes de tratamientos que operen contra cualquier virus que se testee.

La situación es tan confusa que ni siquiera podemos explicar por qué en Madrid o Castilla el virus es más terrible que en Andalucía donde, por fortuna, hay un 72,4% menos fallecidos de los que corresponderían por población; o cual es la relevancia real de los test en relación al comportamiento de las personas; o si en África va a morir menos gente porque prácticamente no hay mayores de 60 años. Hemos caído una y otra vez en el error de sacar conclusiones, sin pensar que el dato aislado tiene valor limitado, porque -como decía Bunge- la analogía no permite la inducción ni las generalizaciones.

En economía, muchas predicciones sólo meten ruido, porque cualquiera sabe que las cosas están muy mal y van a estar peor. Sin embargo, hasta ahora no he visto una alternativa a la gestión de esta crisis, con tantos frentes políticos, sanitarios, sociales y empresariales abiertos, lo que requiere ser adaptativo más que asertivo. Casi todo lo que se propone tiene sentido, pero requiere dinero, y con esa hipótesis podrían llevarse al Parlamento ideas sobre cómo desatascar los conductos para que la masa enorme de dinero, a tipos negativos, de que se dispone llegue ya a las empresas, a través del canal bancario y el aval del Instituto de Crédito Oficial -igual podría decirse de los pagos por los ERTE y su ampliación-. Otra, es la inteligente propuesta de Thomas Piketty para un programa de emisión de deuda entre varios países, su monetización, y una nueva fiscalidad que no cargue sobre las clases medias, siguiendo experiencias que se dieron en la reconstrucción tras las guerras.

La situación requiere un pensamiento nuevo, inteligente, porque los problemas y las soluciones no pueden ser simples. "La simplicidad -decía Mario Bunge- no es un signo necesario ni suficiente de la verdad", y añadía que "cuando lo verdadero es oscuro, y lo claro falso, ambas cosas son inútiles".

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