Análisis

francisco andrés gallardo

Pantoja

En ese mundo paralelo de la realidad del postureo sólo hay una duquesa rusa por encima de Isabel Pantoja: su tocaya Preysler, con todo su linaje a cuestas. Un Supervivientes con ella y Mario Vargas Llosa no lo superaría ni el Relato de un náufrago de García Márquez. No reunirían tanta audiencia como la señora de Cantora, ojo, pero montarían un reality exquisito. Isabel Preysler ya de por sí es una superviviente nata, capaz de aguantar por inanición e inacción.

Lo de Isabel Pantoja en las playas de Honduras es la realidad máxima. Una portada del Hola en movimiento que vendría a revelarnos en su papel de robinsona cómo llegó a ser como reclusa ¿sabe llevarse aceptablemente bien con los compañeros de presidio? ¿es como la imaginamos o es más fraternal y dicharachera de lo que podíamos sospechar? La hemos visto por las arenas rocieras, pero no es lo mismo.

Isabel se ha convertido en campeona mercenaria de Mediaset, la compañía que más se ensañó con sus penalidades, como le sucedió a María Teresa Campos, su predecesora en el cheque. Pantoja ya se entregó a los brazos de Telecinco y cuando han acuciado las deudas regresa de nuevo a exponerse a la mirada del público y al látigo de Jorge Javier. Un millón al año por este primer purgatorio donde tendrá que encarar a íntimos enemigos como Chelo, Omar y otros chicos del montón que seguro que le agregarán al arenal.

Su primer chapuzón hondureño marcará el minuto de oro de esta primavera, el fin de la Historia del Tómbola y de Aquí hay tomate. La pantalla como un paparazzo en sí misma. A ver cómo le sienta a la emperatriz del espumillón el ayuno y la supresión de maquillaje, se preguntará más de uno. Con una nutrida parroquia entregada que dará el liderazgo a Telecinco en los meses de las ferias sin más esfuerzo que el de montar esta oronda hoguera de vanidades pagadas a la luz de la luna, expuesta a la picazón de los mosquitos tropicales.

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