No es cuestión de descubrir ahora de The Crown, pero la tercera temporada es muy completa aunque nos surjan dudas sobre si Olivia Colman y Tobias Menzies están a la altura que dejaron sus antecesores, Foey y Menzies. El matrimonio Windsor madura y en su soledad se reencuentran el uno con el otro, pero los actores de las dos primeras temporadas acentuaban los rasgos de ambos. Colman, muy de sus roles habituales, parece abusar de esa frialdad y distancia de una monarca superada por la fatigosa sucesión de acontecimientos que siempre descifra a destiempo. Aún le quedan bastantes cosas horribilis por delante y podría alcanzar a esta misma tarde con un príncipe Andrés de sombra cada vez más sucia.

The Crown no puede decepcionar mucho porque con las propias historias de Buckingham y todos sus cortesanos hay materia e interés de sobra. El mérito del equipo de Peter Morgan es fotografiar toda esa intrahistoria con unos diálogos muy creíbles. Las situaciones se inspiran en los hechos y las palabras corren a cargo de unos guionistas afilados. La superproducción derrocha medios, que para eso es la niña bonita de Netflix, pero sobre todo destila inteligencia en su narración. La pulcritud en la ambientación no serviría si no hubiera unos grandes actores y un calculado relato para no caer en el simple folletín.

Pese a que el personaje de Isabel II reina durante los capítulos, cada episodio de The Crown se centra en un personaje y a su vez en un suceso histórico. Trazos de bobo egoísmo personal entre los intereses de Estado, como le sucede a la consentida Margarita; o la soberbia facha y anacrónica en el golpista lord Mountbatten.

Y a través de esta serie nos compadecemos más del príncipe Carlos, en esta temporada perdido en un Gales rencoroso digno de los primos de Oriol Junqueras. La serie sobre el palacio británico toma el pasado, y de paso alcanza al presente, y lo coloca al trasluz.

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