Me gusta la poesía de William Carlos Williams. Hace medio año hablé en este faldón de un poema suyo, La carretilla roja, que traduje así:

muchas cosas dependen

de una

carretilla

roja

barnizada

por la lluvia

entre las gallinas

blancas.

Cuando leí el poema, hace años, y cuando escribí sobre él, hace meses, nada sabía de las circunstancias de su génesis. En literatura me interesa más el texto y menos el contexto. Hay obras, lo sé bien, que agradecen una lectura y una crítica histórica o marxista o psicoanalítica o feminista o poscolonial y que tales lecturas -si no están podridas de antemano por las bacterias de las consignas ideológicas- esclarecen y amplían significados. Pero, en general, ceñirme al texto me da mejores y más limpios resultados. Las otras lecturas suelen llevar a más turbación hermenéutica.

Hoy voy a desmentirme y a hablarles del contexto. He aquí la historia que me contaron hace unos días:

William Carlos Williams era pediatra, además de poeta. A diario recibía a sus menudos pacientes, y a los impedidos los visitaba en sus casas. Había ido varias veces a una apartada granja, donde una niña estaba en su cama, casi paralizada, y se debatía entre la vida y la muerte, sin que hubiese certeza de cuál iba a ser el desenlace. Llevaba semanas en ese estado crítico. En una de esas visitas, un día lluvioso, el Dr. Williams auscultó a la pequeña, arrodillado en el suelo junto a ella; después levantó la cabeza y vio, por la ventana, el escueto rectángulo de mundo que aquella niña enferma podía ver, mientras yacía a la espera de su destino: un murete, una carretilla y unos polluelos a su alrededor.

Lo que vio, y lo que vio más allá de lo que vio, nos lo dejó escrito en esos ocho versos. Mucho depende de una carretilla…

Bonita historia. Sin embargo no creo que saberla añada valor al poema. Los sentimientos de piedad y simpatía que genera la triste anécdota son verdaderos y amables, pero de índole extraliteraria. El poema, por sí solo, también genera emociones intensas -aunque no sepamos qué lo hizo nacer-, con la añadidura de que nos deja proyectarlas sobre cualquier persona, caso, experiencia o recuerdo; la circunstancia de la niña enferma es particular; la proyección del poema, universal, sin perder por ello ni un gramo de humanidad. Así que, tras pensarlo un poco, ratifico mi preferencia crítica: un buen texto casi siempre se basta a sí mismo.

No sé si aquella niña sobrevivió a su enfermedad.

MÁS ARTÍCULOS DE OPINIÓN Ir a la sección Opinión »

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios