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Análisis

Tacho Rufino

Ante la crisis, el poder

Las amenazas colectivas aconsejan asumir el mando, mermando otros: eso lo hizo bien el Gobierno de este paísSánchez centralizó con buen criterio y se fue de vacaciones al verse salvador

En cualquier organización informal o formal (pandilla, familia, grupo de montañeros, empresa o país) ante una crisis suele concentrarse el poder de decisión y control en aquellos que, o bien tienen un superior rango jerárquico, o bien son reconocidos por el resto del grupo como los más capacitados para afrontar la situación. También puede suceder, y de hecho sucede, que los más agresivos, manipuladores o hábiles asuman el poder frente al ataque exterior o el riesgo de supervivencia del grupo. En una crisis que comprometa a la organización o institución es posible que quien ostenta el mando legítimo no sea el más capaz para solucionar el problema, y más si éste es sumamente complejo: las crisis tienen poco que ver con la democracia; es más, frente una situación de emergencia, los derechos y libertades individuales y colectivas se meten en la nevera. Guste o no teórica o intelectualmente, es lo que hay: la mayoría, la asamblea, el referéndum, la decisión participativa y demás constructos del progreso humano deben relegarse ante un peligro inminente y grave para la cosa común. En toda crisis, el poder se recentraliza. Es una máxima de Teoría de Organización, y si les estimula el asunto -hay gente pa to, decía el torero- pueden remitirse a Henry Mintzberg, un padre de dicha disciplina, que para muchos está muerto -tiene 81 años, pero entiéndanme-, pero que sigue siendo fundamental (por aquello de los fundamentos). El tamaño de la organización, su ambiente político y la llamada "calidad institucional", su sistema tecnológico y técnico y sus estructuras de poder tienen mucho que ver en cómo se centraliza el poder en pocas personas frente una amenaza colectiva.

Es claro que la pandemia mundial de coronavirus exigió, y en concreto en España, la recentralización del poder en el Estado y la parcial suspensión de libertades individuales y de los gobiernos públicos regionales y locales. Cuando a mediados de marzo el presidente Sánchez anunció el estado de alarma, y dejó claro que las decisiones fundamentales para afrontar la brutal crisis que se venía encima se concentrarían en el Gobierno de la nación, no hizo sino lo adecuado. Fue frustrante para los revolucionarios del procés, pero se tragaron el sapo: toda persona en sus cabales y decente tuvo que apoyar la medida, que era más una amalgama urgente de medidas que se fueron tomando con mayor o menor coherencia, puesta en escena propagandística, sentido de Estado, realismo y calidad de las decisiones. Sobre la eficacia de la gestión del Gobierno de Sánchez hay diversas opiniones. En general, y a tenor de la cantidad de muertos relativa y el control de la epidemia en España, las evaluaciones son malas; cierto es que la crisis era de extrema complejidad. Fue vergonzante que el Consejo de Ministros y sus correspondientes parlamentarios haciendo bulto en el hemiciclo nos ofrecieran aquellos sendos aplausos al Gran Hombre, como si hubiera salvado al país en Bruselas, y no hubiera hecho de pedigüeño -era lo suyo pedir, eso desde luego-. Tan contento se quedó el presidente, que se fue de vacaciones: estupefactos nos quedamos con su paz de espíritu; salvo los aplaudidores, claro. Recentralizó, peleó a su manera, ¡se fue de vacaciones!, y al volver de ellas, volvió a descentralizar: "Ahí lo lleváis, autonomías". Como si la crisis se hubiera evaporado. Es cierto que nuestra estructura territorial y competencial exige esta estrategia acordeón. Pero mucho es de sospechar que su objetivo no ya es la pandemia, sino los Presupuestos. Para tal objetivo es capaz de "lamentar profundamente" el suicidio de un terrorista condenado por asesinato en pleno Senado.

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