Cuando se cansaba de tratar con los hombres, Juan Goytisolo subía a la terraza del café Al Badi y miraba el vuelo de las cigüeñas. Con el tiempo, llegó a distinguirlas y a nombrarlas, con todo lo que eso supone. Mientras las fuerzas y la puntería se lo permitieron, impartió justicia entre ellas: si veía cómo algún ejemplar adulto incordiaba a un polluelo, el escritor lanzaba piedras contra los nidos colgados de las cornisas.

En épocas de migración, vacío ya de pájaros el cielo de Marrakech, no le quedaba otra que bajar a la plaza a confraternizar. Xemaá-El-Fná, la explanada que se abre a la sombra del minarete de Kutubía, demuestra que el universo tiende al caos. Los acróbatas se confunden con los sacamuelas y el aguador esquiva sin apuro las serpientes que escapan de las cestas de los encantadores. Si en una esquina se escriben cartas al dictado, en la opuesta se pregonan las naranjas de Berkan, y en todas se narra. Cuando Goytisolo se estableció en la ciudad, acababan de morir sus tres mejores contadores de historias, lo que le llevó a solicitar para la plaza la condición de Patrimonio Inmaterial y Oral de la Humanidad.

Al principio, ya lo saben, fue el cuento. El niño pide cuentos que le espanten la oscuridad y los monstruos que la pueblan. El adulto toma parte en el cuento colectivo que evita que andemos acuchillándonos a las primeras de cambio. El anciano busca cuentos que le alivien el tránsito último. Paradójicamente, del cuento esperamos que nos explique el mundo y que, al mismo tiempo, nos libere de él. Sin relato que la articule y la dote de línea argumental, nuestra existencia quedaría reducida a una simple acumulación de sucesos desperdigados en el tiempo y el espacio.

Hablando de relatos: una leyenda bereber sostiene que cada cigüeña encierra un ser humano que, a fin de poder viajar lejos, adopta la forma del ave. Vuelto a su ser y a su lugar, el hombre presume de vivencias y visiones. Y las cuenta, claro.

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