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¡Oh, Fabio!

Luis Sánchez-Moliní

lmolini@grupojoly.com

Los 'Agraviats'

El terrorismo nacionalista tiene sus caldos de cultivo y el de la aldea agraviada es uno de los más feraces

Releemos estos días viejos números de la revista Historia y Vida. Son en su mayoría de los primeros años ochenta, cuando dirigía la publicación Néstor Luján, uno de esos gordos gloriosos de la cultura española de antaño, insaciables glotones de erudiciones y viandas. Como dijo un periodista, "el universo Luján está hecho de viajes, carnes rojas y tertulias para saborear saberes". Su sección Museo de palabras y refranes, que firmaba con el pseudónimo de El averiguador de Vargas, era una de las más deliciosas, divertidas y estimulantes que un lector podía encontrar en los quioscos de la época. Aquella Historia y Vida, que editaba un conde de Godó aún leal a su Rey, fue decisiva en la elevación de la cultura histórica de las clases medias y profesionales españolas. Después vinieron otras, mejor confeccionadas y con más colorines, pero ninguna superó en personalidad a la que dirigió el autor de Decidnos, ¿quién mató al conde?

En uno de esos números revisitados, decíamos, nos hemos topado con un ameno y documentado artículo sobre la Guerra de los Agraviats, también llamados malcontents, una sublevación de absolutistas catalanes contra el absolutista Fernando VII (la historia de España es así de compleja) que algunos historiadores señalan como el ensayo general de los conflictos carlistas. Aunque de corazón ultramontano, el Rey Felón tuvo que hacer complicados equilibrios entre los "hunos y los hotros" para conservar el trono y le gustaba decir aquello de "palo a la mula blanca, palo a la mula negra". Ni los liberales ni los realistas más acérrimos se libraron de los bastonazos del Borbón, como bien saben las ánimas de los malcontents que mandó ejecutar en las villas catalanas.

La Guerra de los Agraviats, que más bien fue una revuelta, nos pone de cara uno de los toros de la actualidad: la violencia política en Cataluña, un fenómeno antiquísimo en el principat, desde los degüellos de los segadores hasta el terror anarquista y patronal del siglo XX, pasando por el carlismo, los juegos peligrosos de Terra Lliure o, ya más recientemente, los CDR, que empiezan a dar muestras inquietantes de radicalización armada. No hay que sacar las cosas de quicio: la violencia terrorista está en un estado puramente embrionario en la región, aunque sí se puede hablar de una violencia ambiental y psicológica, sobre todo en las zonas rurales, que empieza a recordar siniestramente a la de los umbríos valles guipuzcoanos. El terrorismo nacionalista tiene sus caldos de cultivo, y el de la aldea agraviada y enrabietada, con sus palurdos tomando el sol en la plaza, es uno de los más feraces. Lo fue en el XIX y lo sigue siendo en el XXI.

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