Los socios de investidura dieron ayer una buena y una mala noticia a Sánchez. Aunque su negativa a apoyar el techo de gasto sólo fuese testimonial ya que el nuevo PP había prometido hacerles el trabajo en el Senado. No en vano, igual que el congreso del PSOE consagró a Sánchez bajo el lema "somos de izquierda", el del PP de Casado debería haber sido "somos de derecha".

Aunque nada de esto sorprenderá al líder socialista, consciente de su propia fragilidad. Sabe que, día sí día no, será puesta a prueba su habilidad para surfear sobre aguas turbulentas. Nadie se lo pondrá fácil, como no podía ser de otra forma. Y menos que nadie el prófugo Puigdemont. Si la moción de censura a Rajoy reconfiguró el mapa político, los congresos del PP y del PDeCAT lo han vuelto a desconfigurar. Probablemente el PSOE prefiera este PP al más moderado de Santamaría. En este juego de paralelismos, también los populares preferían en su momento a un Sánchez radicalizado que al más templado PSOE de Susana. Aunque la vuelta de los populares a sus orígenes puede producir el efecto óptico de moderar y centrar la imagen de Ciudadanos. Es probable que, más que una batalla izquierda-derecha, asistamos en lo que queda de legislatura a una dura confrontación por la conquista del territorio de la derecha y otra por la hegemonía en el espacio de la izquierda. Sobre ese terreno embarrado intentará Sánchez agotar la legislatura.

Aunque su verdadero problema son los asuntos de mayor cuantía. Al incendio Catalán se ha sumado la cuestión monárquica. Problemas en los que sus socios pueden ser su pesadilla. Todo el bloque que sumó sus votos a los del PSOE en la investidura pretende arrojar la Constitución a la pira. Quieren un Nuevo Testamento. Su propia Constitución. No toleran que los españoles votásemos en el 78 una Constitución en la que todos nos reconocimos. Por eso odian la transición, porque creen, con Carl Schmitt, que solo en la radicalización del conflicto hay política y que el consenso es la antipolítica. Es lo que envenena nuestra convivencia. Los que de buena fe confiaban la solución del problema secesionista al diálogo -los de la hora de la política- se habrán dado de bruces con la realidad. Puigdemont, el prófugo jefe de todo aquello, prefiere la entropía. Opta por el caos: la permanente radicalización del conflicto con el Estado es su única estrategia. El asunto de la corona le llega como agua de mayo.

MÁS ARTÍCULOS DE OPINIÓN Ir a la sección Opinión »

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios