EL proyecto de Ley del Registro Civil, actualmente en trámite parlamentario, pretende acabar de manera definitiva con la preferencia del apellido paterno a la hora de inscribir, y dar identidad, a los hijos. Si la pareja no se pone de acuerdo, decidirá el alfabeto.

El derecho comparado refleja una gran variedad de soluciones a la cuestión del bautismo de las personas. En España la ley vigente, que tiene más de medio siglo, era absolutamente acorde con su tiempo: siempre se colocaba en primer lugar el apellido del padre y después el de la madre. No había dudas, y si alguien las tenía, estaba prohibido materializarlas en una propuesta diferente.

En 1999 se modificó la norma, vía reglamento, para autorizar que fueran los padres los que decidieran el orden de los apellidos de sus hijos. Sabia medida, porque no se me ocurre un procedimiento más adecuado que respetar la autonomía de los que dieron la vida al ser humano objeto de apellidamiento, aunque insuficientemente igualitaria: si padre y madre no alcanzaban un acuerdo, prevalecía el apellido del primero.

No hay ninguna razón para que el desacuerdo se zanje reafirmando la primacía del varón. Bueno, la única "razón", entre comillas, es el poso de machismo que aún persiste en la sociedad y en la mentalidad dominante. Contra él se orienta la nueva Ley de Registro Civil, que cuando entre en vigor seguirá apostando por el pacto entre los padres, pero cambia de criterio en caso de desacuerdo: los dos apellidos identificatorios se ubicarán por orden alfabético.

Es un pasito hacia la igualdad, quizás pequeño, pero cargado de simbolismo, y en los grandes cambios de la humanidad los símbolos tienen importancia. De todos modos, no creo que el orden alfabético sea el mejor criterio para despejar el dilema. Aunque las discrepancias sobre la primacía de los apellidos no son masivas - se discute mucho en el seno de la familia, pero cuando se llega al Registro ya suele haber acuerdo, más o menos voluntario-, primar el alfabeto favorece a los que se llaman como yo y perjudica a Zapatero, por poner dos ejemplos. No veo por qué ha de ser así. Tal vez es más objetivo el azar de una moneda al aire.

Hablar de Zapatero me lleva a Rajoy, que, por supuesto, ha rechazado el proyecto legislativo, afirmado que es un debate innecesario que no responde a una demanda social y anunciado que dará la batalla en contra. Si el debate es innecesario, ¿para qué va a dar la batalla? Que apoye o rechace la medida y en cinco minutos se acabó el debate innecesario. A ver si no vamos a poder discutir de nada más que de lo que ha decidido Rajoy, o sea, de la crisis.

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