A unas horas de que comience el segundo debacle electoral televisivo, sospecho que su desarrollo no diferirá del primero más que en el número de participantes. Para el Dr. Shameles, estos encuentros son como el cañoneo, a distancia de abordaje, de dos galeones: un bombardeo de consignas con las que se espera tocar la línea de flotación enemiga antes de que nos manden a pique. Con esta estrategia, da igual que sean ocho o cinco los contendientes, el encuentro siempre trasmuta en discusión de taberna portuaria y el tono de muchos de los que participaron el viernes estuvo a la altura del que se gastaba en la Isla de Arriarán. Quizás sea el lenguaje de la calle, pero de quienes se postulan a dirigir un país se espera que sus demostraciones de mordacidad no lo sean de zafiedad. Si el espectáculo dejó una cosa clara, fue que la mejor manera para que te dejen tranquilo es que a los demás le importe dos higas tu cargamento. El representante del PNV se lo pasó pipa contemplando como escapaba sin daños en el velamen. Ni los escaños por Euskádiz son el problema ahora, ni pueden serlo después, cuando no se sabe de quién habrá que tirar para llegar a puerto. A estribor parecen haber captado la idea. De momento se han puesto de acuerdo en que no lo habrá con Sánchez, al que no le perdonan que se quedase con las llaves del tesoro.

Si es cierto que con algo se empieza, no lo es menos que en algo más hay que acabar, y hoy por hoy, está por ver qué marineros completarán la tripulación. Ciudadanos hizo el amago de presentarse voluntario horas después de que saliera el último barco, pero como soldado de fortuna, siempre pueden ir en otra nave. En la espera, el tono dependerá del público que oiga la arenga. Al final y como en cualquier contienda, si después del día 10 puede haber un pacto, los capitanes que puedan hacerlo lo harán. So pena de quedar abandonados en un atolón electoral. A fin de cuentas, la política no deja de ser el arte de lo posible y todos se mueven animados por la posibilidad de gobernar. El problema es que, cuando se falta al respeto, se pierde la capacidad de dialogo, y aunque los capitanes saben que acabarán por llegar a un acuerdo, van a conseguir que la marinería acabe por no hablarse entre ella. Como en todas las contiendas, los únicos a los que les interesa que crezca la acritud son quienes se alimentan del enfrentamiento. Y da igual lo qué se tiren a la cabeza.

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