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Fue divertido, hasta cierto punto, comprobar las reacciones de más de cuatro cuando se divulgó la noticia (falsa, o cuanto menos inexacta) de que la NASA había descubierto un universo paralelo en el que el tiempo corría de manera inversa respecto a nuestra posición (esto es, hacia atrás). Los amantes de conspiraciones, contubernios, distopías, catástrofes, ucronías y demás modalidades de la ciencia-ficción aclamaron al unísono, bien, ya está aquí, hay otra versión de este mundo en el que la Historia fluye en otra dirección. Una imaginaba a Heráclito celebrándolo a lo grande con una cogorza en la vieja Éfeso, pero no, la NASA nunca dijo nada parecido. Desde el ámbito científico, a veces, se hace referencia a que ciertos fenómenos encajan con esa posibilidad, pero eso es todo. Ya Stephen Hawking, que tenía el sentido del humor que todos recordamos, señaló que el universo conocido parece actuar como un holograma proyectado desde otro, como si nuestra realidad fuera un reflejo de otra realidad más, con perdón, real. Roger Penrose detectó una misteriosa radiación en el instante inmediatamente posterior al Big Bang que invita a pensar, de nuevo, en la existencia de otro universo del que, de alguna forma que no podemos conocer aún, emana el nuestro. Semejantes hipótesis son la comidilla, a veces, de los empollones de turno, pero tanto Hawking como Penrose y la NASA se han cuidado mucho de dar por sentada la existencia de universos paralelos, ya que pueden darse otras muchas causas y variables (ah, el ahora tan denostado método científico es un perfecto aguafiestas) de las que no tengamos ni idea. El mismo Penrose señaló que uno de los problemas más graves de la física actual es que su formulación teórica se parece cada vez más a lo que los seres humanos entienden por fantasía, de ahí que los descubrimientos más asombrosos de los últimos años, éstos sí convenientemente demostrados, apenas despierten interés entre la sociedad por sus hechuras de cuentos de hadas. Una pena.

Aceptado pulpo, sin embargo, y convocado el juego, uno, que es así de ingenuo, se pregunta si nuestra Málaga no vivirá ya en su particular universo paralelo en el que el tiempo se extiende hacia atrás, como si los relojes girasen en sentido contrario. Si le tomásemos prestado a Platón su mito cavernario, podríamos contar que lo que nuestros sentidos perciben, porque así es la película que vemos cada día, es una historia de progreso, un discurso de desarrollo, una novela harto prometedora en su creciente felicidad hacia adelante, tal y como cuentan los directores de la película. Sin embargo, si pudiéramos salir de la cueva donde tiene lugar la proyección y ver la realidad tal cual, tal vez comprobaríamos con nuestros propios ojos que la verdad no es tan unánime. Que a lo mejor avanzamos en algunas cosas pero retrocedemos en otras, algunas bien esenciales, mientras algunas otras siguen definitivamente estancadas. Menos mal que los directores del film saben lo que hacen.

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