Esta historia va sobre una mujer a la que llamaré Ella. Una persona transparente. Tanto que al poco de conocerla ya podías ver su gran corazón. Con sonrisa explosiva, esa tan propia de las niñas pequeñas y que es capaz de llenar la habitación por sincera, inocente y escandalosa. Con mucha luz, de las que te reconcilia con la humanidad. Con aires de madre, mejor amiga, hermana pequeña y mayor, todo a la vez. Con la que te gustaría estar de cafés, cañas, vacaciones o haciéndote compañía mientras lloras en un velatorio. Una persona transparente. Tanto que también podías ver que guardaba un gran secreto.

Y yo, como persona empática que siempre fui y por mis ramalazos de centinela social, lo detecté pronto. Su secreto, habría apostado por ello, era que se sentía atraída por las mujeres. Creo que llegamos a adquirir un grado de amistad tal como para compartirlo conmigo, pero nunca lo hizo. Así que ese escudo debía esconder mucho dolor, miedo e incomprensión. Quizá porque la sociedad aún no ha avanzado lo suficiente como para normalizar la libertad sexual, algo que debería darse por sentado, pero que aún está sepultado bajo fuertes complejos del ser humano. Quizá porque no fuera fácil la digestión de la noticia en la familia o, espero que no, por episodios de persecución o menosprecio.

Ella también lo ponía fácil. Las vagas alusiones a su pareja eran muy abstractas. Nunca mencionó su nombre en un año. Nunca hablaba de sus planes con ella cuando nuestras aventuras sentimentales son un tema estrella en cualquier relación amistosa. Despachaba con suma naturalidad a los hombres que la rondaban, como un apicultor entre abejas; rara era la frase que no acaba con un "guapa" cuando trataba con una mujer. Vi recortes sospechosos en sus fotos. Me recordaba a esos homicidas que para tapar su crimen involuntario evitan a toda costa hablar del cadáver, la calle donde fue o el mes en que ocurrió. El afán por silenciar las evidencias puede ser tan delator como ellas.

Más de una vez me nacía el impulso de hablar con Ella. De decirle "¡eh! No hay nada que ocultar, es algo normal". Porque en su transparencia creía ver que le hacía mucho mal no poder contarlo con la misma espontaneidad con que me hablaba de la música que oía o que había ido a la playa. Sentía que nuestra amistad era una demo. Pensaba que desfogar conmigo podría ser una cuerda en su pozo, pero la confianza puede ser muy invasiva, y hay casas en las que no se debe entrar si no te abren la puerta. Ella nunca me abrió la suya ni yo pegué pidiendo permiso. Me acercaba, yo le abría las puertas mías buscando el efecto contagio, la complicidad. Incluso no descarto que pensara que yo lo hacía porque Ella me atraía.

A lo mejor todo esto fue una bola de nieve en mi cabeza. Puede que fuera una de esas personas que se siente mejor levantando muros en torno a su intimidad, sin más. Pero si algún día Ella lee esto y yo no iba desencaminado, me gustaría que supiera que me tenía ahí. Que se merecía vivir sin límites y que a mí me habría encantado que me lo contara.

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