Por muy buenos titulares que produzca, siempre será más preciso fechar el momento en el que la COVID empezó a desbocarse en el finde del 7 y 8 que en el 8-M. Aunque para entender el empecinamiento en no hacerlo solo tengamos que recordar dos máximas históricas: "que la verdad no te estropee un buen titular" y "una mentira repetida mil veces se convierte en una verdad". El intento de identificar la pandemia con el movimiento feminista será un empeño mientras exista este y un derecha ultramontana empeñada en no darle cuartel.

El verdadero rasgo distintivo del 8 de marzo de 2020 no fue que se celebrase el Día de la Mujer con manifestaciones donde, sin lugar a dudas, hubo gente que se contagió. Lo realmente significativo fue que el 8 era domingo (del mismo modo que el 7, sábado), y la agenda social de todos nosotros se multiplicó, como suele ocurrir cualquier fin de semana, facilitando la propagación de un virus cuya incidencia empezaba a elevarse de manera exponencial. ¿Fueron las manifestaciones la causa de la expansión de la epidemia? Pues se me antoja que la misma medida que los centenares de partidos de fútbol o baloncesto, misas u horas de bares y discoteca que se vivieron esos dos días. Pero lo cierto es que una de las consecuencias que la pandemia se empeña en dejarnos es la involución del concepto de libertad. Libertad que se pretende identificar peligrosamente con ir a un bar a cualquier hora o desplazarte a tu residencia de vacaciones (si la tienes) con absoluto desprecio de las consecuencias que pueda acarrear para quienes tienen que quedarse en casa. Libertad para salir a manifestarte, siempre y cuando no sea el 8-M, e identificar cualquier medida de responsabilidad y compromiso colectivo como un ataque a nuestras libertades personales más hedonistas.

Un día después de celebrar el Día de la Mujer, creo que, en momentos en los que el acto reivindicativo no persigue un objetivo inmediato imposible de alcanzar sin él, debemos ser suficientemente inteligentes para explorar formas de manifestación que no exijan la cercanía de los cuerpos. La igualdad entre hombres y mujeres lo exige. En el fondo no es sino la lucha por nuestra libertad frente a todos aquellos que, tras oponerse furibundamente, no encuentran problemas en manifestarse por Madrid en contra de las mascarillas o convocar un mitin en Sevilla en contra de las autonomías una semana antes del 8-M.

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