Vaya por delante: no soy jurista ni politólogo; tampoco uno de esos cerebros privilegiados con cuenta de Twitter que memorizaron las 493 páginas de la sentencia del Procés en cuestión de minutos… En la sección de este periódico tienen a gente mucho más versada para adentrarse en el conflicto catalán. Vengo aquí como el que se sienta en el diván y como el que ha ido tantas veces a Barcelona que sigue sin creerse esas imágenes más propias de Gotham que de la Ciudad Condal.

Así que me van a permitir que vomite unos pensamientos no muy rumiados al respecto. Miedos, dudas, incongruencias. Y, sobre todo, preguntas. Me pregunto cómo unos descerebrados aseguran defender su tierra y para ello lo que hacen es quemarla y desmembrarla. Me pregunto si las vallas, macetas y demás trincheras improvisadas en las calles son más cobardes que las creadas por los políticos en su discusión puramente mediática. Me pregunto cómo se explica el concepto de legitimidad en suelo catalán.

De lo que no tengo duda es de la génesis del conflicto, como la mayoría de las batallas. Tengo un tatuaje de una plumaespada por una de las grandes verdades de la historia: las palabras ganan más guerras que las armas. Y las guerras buscan más dinero y poder (acaso no es lo mismo…) que libertades. Un movimiento cultural nunca recurriría a la sangre para sus reivindicaciones. No creo que un independentista de bien justifique la violencia de estos días, como tampoco creo que el joven indocumentado de cara tapada y cóctel de ácido en mano sea el icono del catalán.

Hablábamos de las palabras como arma. Si son tan peligrosas son por su capacidad propagandística y ponzoñosa. En Oriente Medio a muchos niños de 9 años ya les ponen metralletas en las manos, pero para entonces el mensaje adoctrinador, allí contado como nana de cuna, ha hecho su efecto antes. En Barcelona no ha llegado ese momento, sí el del ejército pobre, el de las piedras y los contenedores. Como ese chaval que te dice que te va a reventar la cabeza, pero alejándose un metro y escondido detrás de otro. La reivindicación de ETA también comenzó sin armas. Y el conflicto se pudrió por la incapacidad gubernamental para manejar la situación y el enloquecimiento de un sector de la sociedad vasca que, al igual que ahora pasa con los catalanes, quiso llamar independencia, en euskera o en catalán, a una palabra que solo se puede pronunciar de una manera, nacionalismo, y que se escribe con tinta de sangre sobre un papel mojado.

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