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Al hilo de los azares de Plácido Domingo, el último de una ya larga nómina de genios actuales fulminados por su supuesta vida no ejemplar, cabe preguntarse hasta qué punto ser una mala persona (naturalmente sin dar por cierto que Plácido lo sea) hace que la creación de un artista quede invalidada. Partamos de una afirmación para mí incuestionable: la belleza no es un correlato exclusivo e inexorable de la bondad, no existe entre ellas una relación de causa a efecto. No hay, pues, una conexión indubitada entre la ética del hacedor y la estética de su hacer. Muy al contrario, son numerosos los casos conocidos de sujetos verdaderamente perversos que descollaron en las artes y nos legaron obras excelsas. Bernini, por ejemplo, el divino escultor, no tuvo reparo en ordenar que le rajaran la cara a su amante; Rimbaud, el poeta francés, fue traficante de armas; Norman Mailer apuñaló a su esposa… En esa lista, que sería interminable, destaca un personaje que nos es muy cercano: Picasso, admirado y aclamado por todos, fue un ser humano execrable, torturador de cuantos lo rodearon, sádico, ególatra, manipulador y cínico. Así lo atestiguan los hechos: su última esposa se pegó un tiro; una de sus amantes se ahorcó; otra se volvió loca; uno de sus hijos se drogó hasta inmolarse; está acreditado que maltrataba y humillaba a sus mujeres; uno de sus nietos, al sentirse rechazado por él, se bebió una botella de lejía… Para qué seguir. El gran Pablo pasó por este mundo dejando un rastro de dolor y muerte que ha sido bien descrito en la biografía que de él escribiera Arianna Huffington (Picasso: creador y destructor), un relato escalofriante de las ruindades del malagueño inmortal.

¿Quiere esto decir que las pinturas de Picasso deban ser arrinconadas en los sótanos de los museos? ¿Tendrían que destrozarse las esculturas de Bernini y quemarse los libros de Mailer? O, siguiendo ese mismo argumento, ¿ha de acallarse para siempre la voz sublime de Domingo? Comprendo que no es fácil establecer distancia entre el juicio que nos merezca el individuo y aquel otro que derive de sus creaciones. Pero vincular ambos aspectos es olvidar que, con frecuencia, han transitado y transitan por caminos opuestos. No es improbable que florezcan rosas en los estercoleros. Y renegar de su hermosura porque nacieron donde nacieron es quizás un desperdicio, puritano en el peor sentido del término, que la humanidad no puede permitirse.

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