Un mojito frente al rumor de la orilla. Un viajecito exprés a una capital europea por 19,99. Un selfie en la terraza de moda. El afterwork con los colegas también divorciados. La ruta del gin tonic. Las clases de pádel con tu pareja. Las maratones de Play o de póker. Ir rellenando el brazo de pulseras por cada festival de verano. Los juernes (llevo repelente en la mochila para el que use esa palabra, por cierto). La tarifa plana en El Tumbao, que tengo ya el archivo de fotos de Instagram quemado. Los posgrados en "Netfixología: ve todas las temporadas de una serie en un finde y aprende estas tres frases para marcártela ante tus amigos cuando te pregunten por la sinopsis". Me compro las mallitas y el pantalón de marca a juego para ir a correr, pero apenas ando y me estoy parando para echar un cigarrito, que ya he subido la foto a las redes. Y freno porque me está invadiendo el Grinch del postureo. A lo que iba: mientras todo eso ocurría, el agujero negro de los que solo ven en el Congreso y el Senado una fácil teta de la vaca nos ha ido engullendo.

Hay quien los llama políticos. Alguno hay, sí. Aunque la mayoría son chupópteros. Gente sin preparación ni escrúpulos, pero, claro, todo se disimula mejor bajo un traje de chaqueta. Han ido fagocitando la escena gubernamental mientras nosotros andábamos disfrutando de que hay luz en la calle hasta las nueve y pico o que podíamos llegar a un bar a las 23:00 y aún nos daban mesa. Ahora que nos han cerrado nuestros sitios fetiche o nos tenemos que ir al bingo a tomarnos la última, zas, de pronto parece que la plaga de ineptos es nueva, como si no hubieran estado viviendo de la demagogia y el populismo en los últimos años. Qué ironía esta metaepidemia: ha tenido que llegar otra para ver la que ya teníamos chupándonos la sangre y la vida.

En el fondo es muy sencillo: cuanta más calidad de vida tiene un país, más fácil resulta que proliferen los corruptos. Porque la calidad de vida es el flotador del pobre y el oasis del rico. No tengo trabajo, pero me da para una caña y tapa. No puedo viajar, aunque la playa es gratis. La calidad de vida implica cantidad de muerte intelectual.

Pero como el coronavirus nos la ha arrebatado, nos hemos despertado del hechizo y hemos estallado contra esa vergüenza de clase política. Eso ya no tiene remedio, pero quizá la pandemia valga para que nazca un partido político de verdad y que ofrezca una alternativa seria, que no se deje embaucar ni narcotizar por los Ayuso, Cassá, Pedrito o Abascal, que ya son a la política lo que el músculo y la silicona a MHYV.

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