Ceremonia de la crispación

En la era del titular fácil y llamativo, la política también navega en la superficialidad. Ni las mentiras se comprueban

Me tendría que remontar a los años posteriores al franquismo, en el tránsito hacia la democracia, para apreciar en la calle un mayor interés que ahora por la política. Pero entonces el trasfondo de las discusiones interminables, en cualquier lugar de reunión con más de dos personas, lo marcaba la ilusión. También el miedo a que la incipiente experiencia de pontificar sin miedo sobre los gobernantes la sajara de raíz algún sable, como a punto estuvo de suceder en el infausto 23-F.

Ahora, sin embargo, el clímax queda ligado a la crispación. Hasta en los grupos de chat con los amigos se sufren rasguños importantes si alguien intenta templar nervios en medio de tanta invectiva dialéctica, que sólo desordena el corrector. Nos han arrastrado al terreno más proclive que abonan los gurús encargados de dibujar los escenarios más proclives, no tanto para avanzar sino para frenar en su movimiento al adversario.

Pero esta clase política no entra en combate con las polémicas de fondos. No se discute sobre si existe alguna posibilidad de limitar el empleo en precario y recuperar el terreno devastado por la crisis. Las oportunidades que se pueden ofrecer a los jóvenes. Las pensiones que nadie quiere abordar en la confianza de que cuando quiebre el sistema estará el contrario al frente del Gobierno. La energía del futuro, el desafío de las tecnologías que cada vez podremos decir que son menos nuevas, pero ante las que no hay planificación. O, por supuesto, la educación más allá de la religión. Rara vez se confrontan recetas creíbles desde uno y otro lado, más allá de la panacea de subir o bajar impuestos o enfatizar la palabra gestión. Lo único que funciona en este clima, que alcanzará el esperpento con la sucesión de convocatorias electorales, es sencilla y llanamente la descalificación del contrincante.

En la era del titular fácil y llamativo, que se redacta porque el lector rara vez profundizará en los contenidos, la política también navega en la superficialidad. Sabe que el votante tampoco reparará en el programa y en la tradicional ambigüedad de la redacción de los compromisos, diluye cualquier futura responsabilidad. El objetivo sólo persigue la erosión del adversario, en multitud de ocasiones con mentiras argumentadas que nadie se molestará en comprobar.

La selección inversa también ha llegado a esta parcela de la vida pública. Es difícil aplicar el término de líder a cualquiera de los dirigentes que comandan los principales partidos en este país. España, ahí no somos distintos, produce la misma mediocridad de estadistas que el resto del mundo. Incluso mejores que algunos vecinos. Pero este consuelo sí que debería crisparnos.

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