Anoche, a las 4:38 según el reloj iridiscente de mi iPhone, me escurrí sudoroso por la sábana. Aproveché el desvelo para beber algo fresquito. Abrí la nevera y eché un ojo para decidir a qué darle un tiento. Y en esas se me paró el corazón al oír una voz desde dentro: "Esa puerta, joé".

Pensé que la alerta roja de calor y la vigilia me la estaban jugando. Pero no, esa vocecilla de pito y temblorosa insistió: "Picha, que se va el frío; coge ya lo que sea y cierra". Hasta que me fijé bien: era un mosquito, ¡un mosquito! Estaba sobre la tapa de un yogur de plátano, retrepado sobre las patas traseras y las alas totalmente desparramadas. Como quien se tumba en la hamaca a mirar a la gente en la orilla. Y antes de poder articular palabra, él les puso voz: "Sí, un mosquito que habla. Pero a ver si vais a ser vosotros los únicos afectados por esta caló. Nosotros también tenemos que combatirla como sea, que la sangre recalentá es a nosotros lo que a vosotros una Cruzcampo en la playa, y fíjate que he dicho Cruzcampo y no cerveza".

No solo hablaba, era sardónico. Me sonó a gracejo de veterano paleño. "Sí, sí, la de veces que le he picao yo al Elton, algo bueno se me debió pegar". Sí, me lo confirmó porque estuvimos un buen rato hablando, los insomnes nos entendemos bien. Bueno, realmente hablaba él y yo escuchaba. Me contó su vida. "Vosotros os quejáis del mileurismo y del coronavirus, pero el negocio de la sangre no va mejor. Si picas a un político, el que se envenena eres tú. Y si lo haces a un joven... pff, eso cada vez sabe más a horchata. Lo suyo es pillar a un sanitario, que después de trabajar les hierve la sangre y nove los pucheritos tan ricos que salen de ahí". Si en el reino de los dípteros existe un orden social, yo me topé con un sindicalista.

"A todo esto, me llamo llamo Picky", me zampó interrumpiéndose a sí mismo. "Claro, Picky, de picaduras", le repliqué yo. "No, pichita, no te enteras, Picky porque si me dices No Picky a ver de qué me alimento yo", me corrigió entre unos ruiditos desagradables que imagino que serían su risa irónica. Y así estuvimos casi dos horas hasta que se cansó: "Venga, artista. Mañana si te desvelas te cuento lo de mi primo el barista, que hace ronchas con forma de objetos. ¡Qué arte tiene el tío! Estaré por los yogures, que las tapas se reblandecen con el frío y se forman burbujitas. Y aquí está el tío, un mosquito con jacuzzi, jajaja. Por cierto, el próximo día cómpralos azucarados, picha, que ya sabes que a nosotros nos tira lo dulce. Nos vemos", se despidió. "Estoy fatal de dinero", fue lo único que acerté a decir. "No te preocupes, yo mañana te pico en el bolsillo y así te lo rascas, jajaja". Y así acabó todo.

A eso de las 6:30 me volví a acostar mucho más tranquilo. Pensaba que con la crisis del coronavirus y este calor me había convertido en un bicho raro.

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