Postales desde el filo

Creyentes

Decir que no hay hechos, solo interpretaciones, es un arrebato emocional que levantó el romanticismo

Hace unos días escuché una entrevista a Ernest Maragall , consejero de Acción Exterior del Gobierno de la Generalitat, algo parecido a un ministro de exteriores de Libertonia. El dirigente soberanista fue desgranando de forma educada, sin una palabra más alta que otra, todas las ficciones del procés. Me recordó a esos fervorosos creyentes que hablan de sus mitos y las supersticiones religiosas como verdades incontrovertibles. Hay gente dentro y fuera de Cataluña que, supongo de buena fe, dice que cuando los independentistas hablan de presos políticos, Estado opresor o de exiliados, etc., no mienten, así lo ven ellos, vienen a decir. Es el tercerismo inconsciente. Es exactamente lo mismo que si, utilizando los métodos más objetivos para medir los aforos, concluyen los expertos que han asistido X número de personas a la toma de posesión de Trump; afirmar que lo han hecho X multiplicado por tres no es una mentira: es un hecho alternativo.

Lo que sí es un hecho fáctico es que los dirigentes soberanistas están encausados porque, mediante presuntos graves delitos cometidos entre septiembre y octubre del pasado año, llevaron a cabo un plan para romper con el Estatuto y la Constitución. Afirmar que no hay hechos, sólo interpretaciones, forma parte del arrebato emocional que el romanticismo -a cuyo regreso se refería el periodista Enric González en un reciente artículo- levantó frente a la razón. Ahora el fantasma de la anti-ilustración vuelve a recorrer Europa. En ese oscurantismo las verdades alternativas el soberanismo cobran todo su sentido. Habla Isaiah Berlin de bases fundamentales del romanticismo como "la voluntad (del héroe o del pueblo) sustituta de la razón, que no hay una estructura de las cosas, que les podemos dar forma según nuestra voluntad"… es sobradamente conocida la influencia de este ideario en las tragedias del siglo XX. Por eso es tan importante en la Europa de hoy alzar la voz contra esa corriente nacional populista que de nuevo se alza frente a los valores que mejor representan el espíritu europeo.

En su vigorosa y lúcida defensa de la Ilustración Steven Pinker demuestra, de forma fehaciente, el progreso del bienestar humano por el extraordinario desarrollo de la ciencia y de las instituciones cimentadas sobre valores ilustrados: "El resultado estadístico corrobora una idea clave de la Ilustración: el conocimiento y las instituciones sólidas conducen al progreso moral".

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