SIEMPRE he pensado que entre las múltiples tareas que tiene que cumplir la acción pública, una de ellas, y no poco importante, es la ejercer una cierta función pedagógica y didáctica entre los ciudadanos. No es fácil estar a la altura de esta misión ejemplarizante y en muchas ocasiones la actividad política se convierte en exactamente lo contrario: el perfecto ejemplo de lo que no hay que hacer.

La polémica política y la crítica al adversario ofrecen ocasiones para la exageración, el abuso y en definitiva, el mal ejemplo, porque, en muchas ocasiones, en vez de caminar por el meritorio ejercicio de la confrontación de ideas, la crítica razonada e incluso la descalificación irónica y ocurrente, elegimos el fácil camino del desprestigio de trazo grueso, buscando el efecto inmediato, sin preocuparnos de las consecuencias negativas que pueden producir en la ciudadanía. Y en este campo hay que incluir la última intervención del presidente del Gobierno en su convención vallisoletana, que para ser más ácido con el jefe de la oposición, eligió el tuteo como arma de agresión despreciativa y forma de enardecer a las preocupadas masas del partido gobernante. El "tú… cállate o reconoce lo que se ha hecho" no parece ser un dechado de elegancia ni de buen gusto ni ejemplo válido para cualquier disputa por muy barriobajera que sea. Y eso en una persona que habitualmente no transita por esos caminos.

Caso parecido, aunque de menor relevancia, ha tenido lugar en la Diputación de Málaga en la que la crítica del grupo socialista a determinados alcaldes del PP y a la vez diputados provinciales, se ha sustentado básicamente en el sueldo que cobran, cuando quien los critica percibe parecidos emolumentos de la misma institución. Sacar los sueldos de los políticos a pasear como supremo argumento de crítica política no parece que sea el nivel deseable de la confrontación entre grupos provinciales, si lo que de verdad queremos es darle prestigio y dignidad a la función pública. Seguro que hay otros motivos de mayor enjundia y solidez para mantener la atención ciudadana en la crítica a la gestión del órgano de gobierno de la Diputación, sin necesidad de tirarse tantas piedras sobre el propio tejado.

Es cierto que uno de los principales problemas con los que se encuentra la actividad política es el desapego y el descrédito que tiene entre los ciudadanos y que parece ir en aumento. Mi duda es si con los ejemplos anteriores no se está cultivando de forma suicida esta tendencia social.

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