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Encontré a Mariluz atareada, con bártulos y libros a cuestas, implicada en las exposiciones y los actos que en los próximos meses van a mantener bien cálida la memoria de Eugenio en Málaga. "Al menos con tanto ajetreo me distraigo un poco", me contó, aunque, claro, en su caso la distracción implica volver a Eugenio una y otra vez a través de su obra, lo que a menudo resulta doloroso sin remedio. Me confesó que la cantidad de homenajes, tributos y manifestaciones de cariño vertidas en los últimos meses, lo mismo desde las principales instituciones públicas que desde humildes peñas y asociaciones, la habían reconfortado un tanto. Sí, Eugenio era un hombre muy querido. Se hacía querer, el puñetero. Lo tremendo es escribir sobre él, como ahora, en pasado, dando por hechas verdades que la realidad confirma y a las que sin embargo cierto respeto providencial se resiste. Recordamos cómo ironizaba Eugenio sobre su propia muerte y todo lo que vendría después, e imaginamos lo mucho que habría disfrutado viendo su nombre puesto en la sala de exposiciones temporales del Museo de Málaga. Tras despedirme de Mariluz me quedé rumiando, no había otra, sobre cómo los que ya no están contribuyen a hacer ciudad, a nombrar los tiempos y los espacios, a cimentar ciertas costumbres y a observar el paisaje desde determinado ángulo. El hueco que dejan algunos cuenta, mucho más que el miserable depósito que con voraz insistencia y a menudo mal gusto se empeñan en llenar otros. Pensaba también para mis adentros, si es que existe algo parecido a eso, en cómo un nombre que ya no está trae por lo general a otros muchos consigo de la mano. Chicano reivindicó en cuanto tuvo ocasión, ya fuese en discursos e intervenciones públicas o en los Cuentagotas que publicaba en este periódico, a numerosos pintores malagueños de su generación, para los que pidió atención , mimo, memoria, museos, presencia abierta, consciente de que con ellos el olvido sería más implacable. Nombrar a Eugenio es nombrarlos a todos.

Y así suceden también las ciudades, con lo que se echa de menos. Cuando el Parlamento Andaluz aprobó el otro día por unanimidad la concesión de la Medalla de Andalucía a Chicano a título póstumo, lo primero que se me vino a la cabeza fue el reproche más fácil: en el último medio siglo, Eugenio ha elevado la iconografía popular andaluza a una categoría universal seguramente como ningún otro artista de la comunidad. Él tomó los elementos centrales de esa identidad cultural, la de la calle, la de los pueblos, la copla, el flamenco, la Semana Santa, los toros, habitualmente aborrecidos por quienes aspiraban a despuntar un poco, y los reivindicó como signo de modernidad con absoluta convicción. Eugenio dotó de pleno sentido el término pop desde lo andaluz. Así que esa Medalla habría sido más justa en vida. Luego, sin embargo, admite uno que todo llega en el momento justo. Que los reconocimientos nos devuelven, un tanto, su gracia y su abrazo. Así que bienvenido, Eugenio.

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