Daños colaterales

Hemos de devolver el tiempo de plomo de ETA al oscuro lugar de nuestra historia al que corresponde

Aún queda una semana de campaña y ya hay que comenzar a hacer inventario de los daños causados por tanto exceso dialéctico y tanta sobreactuación política. La víspera electoral siempre fue tiempo de exageraciones, pero en estos días estamos llegando a terrenos a los que nadie, hasta ahora, se atrevió a pisar. Acusar a alguien de manos manchadas de sangre o de sentarse en la mesa con violadores y pederastas no eran ataques a los que estuviéramos acostumbrados ni en los momentos más duros de la confrontación política. El riesgo grave es que comencemos a pensar que estas ofensas pueden incorporarse con normalidad al debate público y que estos desmanes, a fuerza de repetirse, dejen de causar rechazo. Por eso es urgente anotar actuaciones y actitudes de esta enfurecida campaña que no deben instalarse en nuestro comportamiento habitual. Es necesario que al día siguiente de las elecciones repongamos las cosas a su sitio y los hechos a su historia. Hemos de devolver el tiempo de plomo de ETA al oscuro lugar de nuestra historia reciente que le corresponde, sin volver a utilizarla con falsedad como coartada política del momento. Es la forma también de devolver a las víctimas del terrorismo la dignidad, el aprecio y el recuerdo que les corresponde, sin que se vean agitados de nuevo por el oportunismo zafio de algún aventajado demagogo.

También hemos de apresurarnos a desterrar del discurso político la interpretación reduccionista y cicatera de la constitución por la que se pretende hacer de esta ley un traje a medida de unos pocos y arrojar al campo de la inconstitucionalidad a todo aquel que no acepte su interesada y particular visión. Apropiarse en exclusiva de la constitución, la bandera o la patria es el camino más rápido de herir de muerte esos conceptos y hacerlos inservibles para la mayoría de los españoles. Tampoco podemos incorporar a la normalidad pública la imagen de grupos de enrabietados ciudadanos tratando de impedir a fuerza de gritos, caceroladas y violencia la celebración de un acto público de otra formación política, sea cual sea, por muy molesta que pueda parecer al vecindario. Aceptar sin condena estos hechos es comenzar a negar la base de la convivencia democrática.

Hemos, por tanto, de comenzar a desmontar los efectos negativos de esta campaña abrasadora y lo hemos de hacer con urgencia, antes de que se puedan incorporar nuestro comportamiento diario, sabiendo que han sido daños colaterales, pero también innecesarios.

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