Esta opinión comienza en un autobús atestado de gente. De pronto, en calle Victoria, una muchacha, creo que apenas 20 años, se sube. Casi pelirroja. Tez blanca. Ojos clarísimos. Gorro de lana y, sobre ellos, unos auriculares. Su mirada parece situarla mentalmente a años luz. Ajena a ese mundo de sardinas enlatadas sobre ruedas. Ahora que las mascarillas mandan casi toda nuestra expresión a los ojos, los de ella no hablan. Es como mirar el horizonte de un océano: se puede intuir la lejanía, pero no la profundidad. Por no ver, no se percata del jovenzuelo que no deja de observarla. Parece haberle hecho tilín.

Las miradas, la ausente y la curiosa, se mantienen diez minutos. Hasta que ella baja en su parada. Yo tenía en mi mente el guión de la bella historia de amor que no fue porque esos malditos auriculares los separaban a un nivel que ríete de los Montesco y los Capuleto. Imaginaciones aparte, me frustra esa imagen masificada de chavales enfundados en cascos. Me transmiten la sensación de que continuamente quieren escapar de este mundo (en más de un momento es así, sin duda). Aislarse. Esconderse. Desconectarse. Vivir en su planeta con un gigante "No molesten" colgado de su anillo.

A veces pienso que ese silencio adolescente no es sino la venganza por tantas veces que de niños reclamaron la atención de sus padres y no la tuvieron. Y me parece hasta de justicia poética. Ese móvil que se le da al niño para que coma o para que me deje en paz un ratito, que-ven-go-es-tre-sa-do-de-tan-to-tra-ba-jo, luego se cobra su revancha. Y cuando los mayores intentan reconectar con ellos, llegan tarde. Porque la Play, los cascos, el móvil o YouTube son esos gremlins que ya no pueden reconvertirse a Gizmo. Y se le echa la culpa a la juventud, a los profesores, al baile de hormonas. Pero la semilla la pusiste tú.

Y aunque a uno le asista la razón, no es buen business llevar la contraria a la mayoría, especialmente si es joven y quieres cometer el error de prohibirle hábitos que no dejan de ser sus códigos relacionales. Mucho menos los arrebatos de rabia y de pronto castigar quitando el móvil, la Play o esos auriculares. El camino no es fácil, y pasa por educar desde bien críos. Cuando duele ser el padre o la madre malos porque no permites lo que a otros niños sí dejan hacer. Cuando te mantienes estoicamente en tu decisión pese a ese llanto que te taladra el alma. Y no, seguramente eso no impedirá que tu adolescente se comporte de modos que no te agraden del todo (tampoco a tus padres les hacía mucha gracia los tuyos, nunca lo olvides). Pero sí conseguirá que cuando esté contigo no lleve los cascos puestos. Y tendrás una hija que se subirá al autobús sin auriculares. Y no para ser protagonista del guión que yo querría haber escrito en ese autobús de sardinas, sino para percatarse de que tenía al lado una señora que habría agradecido el asiento en el que ella iba.

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