Diálogo de sordos

Ante esta ausencia de debates, las ocurrencias de Vox despiertan un interés desproporcionado

Es habitual que conforme se acerca el periodo electoral la política entre en un creciente estado de efervescencia. Estamos acostumbrados a que durante este tiempo todo se magnifique, se exagere y se tienda a una permanente sobreactuación. Es el momento de las frases hirientes, los ataques directos y los planteamientos de brocha gorda, que más persiguen el aplauso que la reflexión. Todo esto es un rito inevitable que se repite ante cada convocatoria electoral.

Pero en la actual campaña, además de estos elementos, que ya son casi familiares, hemos entrado en el reino de la irrealidad y de la mentira. Ya no interesa tanto combatir lo que hace, dice o piensa el adversario político como fabricar, a base de imaginación y falsedad, el contrincante ideal, cargado de maldades y traiciones, para sobre esta ficción inexistente construir una batalla dialéctica imbatible. Entramos así en un diálogo de sordos donde no se refleja la realidad y donde las cosas que se dicen, rebaten o imputan nada tienen que ver con lo que realmente el adversario piensa, dice o propone. Da lo mismo que los socialistas repitan hasta la saciedad que con ellos nunca habrá independencia de Cataluña o que el diálogo será siempre dentro de los límites de la Constitución si la parte contraria sigue manteniendo, como si nada si hubiera dicho, que existe una deliberada intención de traicionar la integración territorial en un secreto y vergonzante pacto con los independentistas. Son dos lenguajes distintos que tratan de polemizar sin tener que entenderse.

Por el camino que vamos, esta campaña será una oportunidad perdida para entrar en profundidad en debates importantes sobre el alcance de la descentralización política, sobre la reforma constitucional, sobre la agenda social de cada partido, sobre las propuestas económicas o el sistema de financiación de las pensiones. Todo esto quedará en la penumbra, opacado por estos diálogos paralelos que nunca llegaran a encontrarse y que cada formación política elabora sin atender a la verdad de lo que el contrario piensa o dice, sino a esa irrealidad prefabricada a la que pretenden adjudicarle todos los males. Es como si el éxito electoral que se persigue se basara más en la imagen negativa que se fabrique del adversario que de la bondad y acierto de las propuesta propias. Y ante esta ausencia de verdaderos debates sobre la realidad, las ocurrencias y provocaciones de Vox consiguen despertar un interés desproporcionado.

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