Gafas de cerca

josé Ignacio / Rufino

El otro Erasmus

SI hay una cosa que verdaderamente envidio de la generación siguiente a la mía -la de mis hijos- es el programa Erasmus. Esta iniciativa de movilidad universitaria becada entre los países de la UE es la mejor herramienta de combate contra la boina terruñera calada hasta las cejas, y además tiene la no menor virtud de propiciar que muchos jóvenes valoren lo que tienen en casa: en la nevera, en el saldo del móvil, en el bolsillo en general, en la lavadora, en la despensa del cariño y de la protección. Erasmus tiene como principal objetivo fundacional no ya incrementar el acervo intelectual comunitario, sino crear conciencia europea. Es como la mili del siglo XXI, que hace ver a los recién adultos que hay vida más allá de su sofá, su vida en red social, su centro comercial y su skate park, y además sin sargentos y sin analfabetos... y con idiomas. Tras ese bendito ensayo de cosmopolitismo e independencia, viene el final de la carrera y, ay, la vida laboral. "Ay" en nuestro caso, el de una España incapaz de ofrecer empleo digno a gente cualificada pagada por todos. Hablo de la universidad pública; la privada la paga cada uno de su bolsillo y su gran virtud es la de crear redes de contacto de empleo digno, prácticamente el poco que hay aquí, y más una vez aniquilado prácticamente el recurso democrático y regenerativo de las oposiciones, que podían convertir en profesor universitario o juez a grandes hornadas de gente de familia humilde: higiene social, kaputt.

En esos encuentros en la tercera fase europeos -los de la movilidad profesional- también hay clases. Esta semana hemos sabido por el prestigioso Forum Alpbach cómo es este intercambio de mano de obra cualificada, que tiene mucho más de necesidad y de oferta y demanda que de vocación política integradora. Los países receptores de profesionales son, como usted ya se imaginaba, Alemania y Austria, los países escandinavos, Gran Bretaña, Bélgica y poco más. Los países emisores son fundamentalmente Francia, los pequeños bálticos y los periféricos casi en bloque: Italia, España, Grecia, Rumania, Polonia. Si se fijan bien con las gafas weberianas puestas, la división está de alguna forma bastante asociada a la religión: protestantes ricos emplean a profesionales católicos, fundamentalmente médicos, fisioterapeutas, dentistas, enfermeros y profesores de secundaria. Quitando a estos últimos, hablamos de las titulaciones de mayor dificultad de acceso y coste formativo para el Estado. O sea, formamos muchos profesionales con alto valor añadido (morteradas de euros públicos de añadidura) para que lleguen los pérfidos calvinistas y se los gocen ellos. El negocio del siglo: dicho con sarcasmo, el negocio es nuestro; dicho en plata, el negocio es de ellos.

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