Quousque tamdem

Luis Chacón

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Más Europa

Nos jugamos Europa. Y ante tal desafío no caben frivolidades. Desde el fin de la Guerra Fría, el proyecto de unión política de Europa carecía de ese enemigo exterior y agresivo que fue la URSS y que actuaba, inconscientemente, como factor integrador de una Europa unida alrededor de sus principios fundacionales de democracia y libertad. La caída del Muro fue una muestra palpable del fracaso del comunismo y de que la libertad siempre acaba abriéndose camino. Y Europa fue inmensamente generosa; la unificación alemana y la posterior incorporación a la UE de antiguos países comunistas le supuso asumir el riesgo de que aparecieran líderes y partidos con un concepto de la democracia demasiado nacionalista y autoritario.

Es más, resulta sorprendente que los mismos países que se han beneficiado de la protección europea frente al nuevo imperialismo moscovita, que han recibido fondos ingentes de solidaridad y que han visto transformarse su diario vivir, desde la miseria que les ofrecía el estatismo comunista hasta los niveles de vida actuales, sean los que más atacan el modelo europeo de libertades, solidaridad y democracia.

Y lo hacen contraponiendo al europeísmo integrador su nacionalismo soberbio, endógeno y aldeano que tanta sangre, dolor y muerte ha expandido durante siglos a lo largo y ancho de Europa.

La Unión no es perfecta. Pero es lo mejor que nos ha pasado desde Roma. Con el feliz añadido de que surge de la voluntad democrática de millones de ciudadanos libres y no de la conquista. Los paladines del neosoberanismo -nacido de su visión mítica, medievalista y legendaria- y de la democracia iliberal son hoy los auténticos enemigos internos del proyecto europeo. Y están en casi todos los países. La populista traición del Brexit ha dejado claro que es más difícil dejar Europa que romperla desde dentro. Ese es su objetivo: restringir la democracia a un plebiscito del líder providencial, desprestigiar a las instituciones independientes, subsumir los derechos individuales bajo un pretendido bien común decidido por el estado y sacralizar la nación, confundiendo el sano patriotismo con el nacionalismo excluyente. La democracia iliberal no existe, sólo es autoritarismo adornado con un atrezo de urnas.

El domingo, o elegimos más Europa o abonamos el sentimiento de recelo y bandería de los patriotas de guardarropía. En nuestras manos está el futuro. El nuestro y el de los que nos seguirán.

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