Nadie pensaba que en una primera entrevista, por muy larga que pudiera ser, se alcanzaría algún acuerdo sustancial. Ni los más optimistas esperaban que a la conclusión de la reunión se podría manifestar alguna coincidencia trascendente. Y así ha sido. En el primer encuentro entre Pedro Sánchez y Quim Torra es evidente que solo se han respetado los límites de la corrección y las buenas palabras. Nada esencial ha cambiado ni nada importante podía cambiar. Pero si atendemos al principio de que en democracia la forma también es el fondo, el paso dado en este primer encuentro está lejos de ser irrelevante. Es difícil aventurar hasta dónde puede llegar este nuevo movimiento, pero la recuperación del diálogo político como forma de intentar resolver la cuestión catalana es un hecho de primera magnitud. Nada básico ha cambiado, pero a la salida de la reunión el ambiente parecía más respirable y el nivel de confrontación algo menos sólido. El unilateralismo dejaba de ponerse en primer plano y la búsqueda de nuevos cauces para los acuerdos y también para las discrepancias aparecen ser un empeño mutuo.

Son sutilezas, matices, detalles que para los partidarios del mantenimiento de dos bloques graníticos e irreconciliables estas reuniones sin el arrepentimiento o conversión del contrario carecen de importancia. Y, por tanto, los encuentros que puedan celebrarse no serán más que concesiones vergonzosas y humillaciones inadmisibles. Por eso no pueden sorprender las duras críticas de parte de la derecha española, que cada vez parece más empeñada en disputarse el espacio electoral en una carrera de discursos a cual más alarmista sobre la inminente ruptura de España. Igualmente eran esperable las acusaciones de traición que el sector más radical del independentismo catalán, que solo en la satanización del contrario encuentra acomodo a sus pretensiones. Pero serán precisamente estos grupos escépticos y contrarios a la vía del diálogo los primeros que reclamarán de forma urgente resultados tangibles e inmediatos. Lo cierto es que el hecho de que las formas democráticas del diálogo político parecen haber conquistado su primer beneficio no garantiza un éxito seguro. Existen riesgos, aparecerán más inconvenientes y dificultades, y no será fácil ni rápido encontrar alguna fórmula de entendimiento estable asumible por todos, pero solo iniciando el camino se puede tener esperanzas de llegar al lugar deseado. La alternativa es la parálisis.

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