No es Iglesias, que tiene a Lenin como santo patrón, quien se lo pregunta. Es Sánchez, atrapado entre lo malo y lo peor. El candidato ha tocado todas las teclas, aunque sabía que el PSOE estaba condenado -nunca mejor dicho- a pactar con Podemos. Ahora Iglesias comunica en Twitter que él no será un obstáculo, siempre y cuando no haya más vetos y la presencia de UP sea proporcional a sus votos. Supongo que como en La Rioja. Aunque no es un problema de vetos sino de reconocer al presidente la potestad de formar su gobierno. Una coalición no es un gobierno dividido entre dos, es otra cosa. Claro que, de todas, la peor opción sería verse la cara en las urnas, como había amenazado Podemos, ya que es muy improbable que se reproduzcan las circunstancias que dieron el triunfo a la izquierda el 28 A.

El maldito embrollo en el que se han convertido los procesos de investidura en nuestro país, desde 2015, no es tanto consecuencia del multipartidismo como de haber caído en una práctica perversa de la democracia. Como decía ayer el constitucionalista Juan José Solazabal, en una Tribuna de El País: "No caben en el régimen parlamentarios enemigos, sino solo diferentes o, a lo más, adversarios. En la esencia del sistema parlamentario está la disposición al compromiso". Es esa condición constitucional la que se traiciona convirtiendo el parlamento en el templo de la irracionalidad. Ese espíritu cainita es lo que hace inviable lo establecido en el artículo 99 CE: propone Solazabal mantener el mismo procedimiento cambiando la previsión que en él se hace de repetir elecciones; siguiendo la fórmula ya establecida en algunas CCAA. Aunque el autor es consciente de la imposibilidad, en las actuales circunstancias, de poder alcanzar la mayoría cualificada necesaria para la reforma. Las razones de Sánchez para resistirse a formar un gobierno de coalición con Iglesias son evidentes, basta leer las declaraciones del líder de Podemos de los últimos años. Una bicefalia basada en la desconfianza no puede acabar bien. A la derecha política y mediática se le hace la boca agua barajando la improbable hipótesis de que Sánchez saliese investido con la abstención de Podemos y el voto favorable de los independentistas. Es un ejemplo de la intolerancia de los autoproclamados constitucionalista, cada día más alejados del ideal constitucional de, en palabras de Solazabal, un sistema parlamentario como régimen de tolerancia.

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